La Ley Escrita en el Corazón

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El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano

La Ley Escrita en el Corazón

NO. 1687

|Un sermón predicado la mañana del Domingo 29 de Octubre, 1882
por Charles Haddon Spurgeon

En el Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres.

  • “Después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón.” (Jer. 31: 33)

Sermones

El domingo pasado hablamos sobre la primera gran bendición del pacto de la gracia, es decir, el pleno perdón de los pecados. Después nos quedamos reflexionando con deleite en la promesa maravillosa, “Nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades”.

Espero que nuestras conciencias hayan sido apaciguadas y nuestros corazones hayan quedado llenos de asombro conforme pensábamos que Dios pone a Su espalda los pecados de Su pueblo; de tal forma que cantamos con David, “Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios.”

Esta grandiosa bendición del pecado perdonado, está siempre vinculada con la regeneración del corazón. No es otorgada debido al cambio del corazón, sino que siempre es concedida con el cambio de corazón.

Si Dios quita la culpa del pecado, se asegura de eliminar a la vez el poder del pecado. Si Él aparta nuestras ofensas en contra de la ley, nos induce también a desear obedecer la ley en el futuro.

Observamos en nuestro texto la excelencia y la dignidad de la ley de Dios. El Evangelio no vino al mundo para abolir la ley. La salvación por gracia no borra ni un solo precepto de la ley, ni reduce la norma de la justicia en el más mínimo grado; por el contrario, como dice Pablo, no invalidamos la ley por la fe, sino que confirmamos la ley.

El hombre caído no puede cumplir nunca con la ley mientras no sea sacado del encierro de su precepto condenatorio y camine por fe, y viva bajo el pacto de la gracia. Cuando estábamos bajo el pacto de obras no respetábamos la ley, pero ahora la veneramos como una perfecta manifestación de rectitud moral.

Nuestro Señor Jesús ha mostrado a todo un universo congregado, que no se puede jugar con la ley, y que cada transgresión y cada desobediencia deben recibir una justa retribución, pues el pecado que llevó por nuestra cuenta trajo sobre Él, -como nuestro sustituto inocente-, la condenación del sufrimiento y la muerte.

Nuestro Señor Jesús ha testificado por Su muerte que aunque el pecado sea perdonado, no es quitado sin un sacrificio expiatorio. La muerte de Cristo rindió mayor honor a la ley que toda la obediencia que todos lo que estuvieron bajo la ley hubieran podido rendirle; y fue un desagravio más eficaz ante la eterna justicia que si todos los redimidos hubieran sido arrojados al infierno. Cuando el Santo hiere a Su propio Hijo, Su ira en contra del pecado es evidente para todos.

Pero esto no basta. En el Evangelio, no sólo es desagraviada la ley por el sacrificio de Cristo, sino que es honrada por la obra del Espíritu de Dios en los corazones de los hombres. Mientras que bajo el antiguo pacto los mandamientos de la ley excitaban a nuestras naturalezas perversas a la rebelión, bajo el pacto de gracia aprobamos que la ley es buena, y nuestra oración es, “Enséñame a hacer tu voluntad, oh Señor”.

Lo que la ley no pudo lograr debido a la debilidad de la carne, el Evangelio lo ha alcanzado por medio del Espíritu de Dios. Así, la ley es tenida en honor entre los creyentes, y aunque ya no estén más bajo la ley como un pacto de obras, son conformados a ella en alguna medida, al verla en la vida de Cristo Jesús, y se deleitan en ella según el hombre interior.

El Evangelio otorga las cosas requeridas por la ley. Dios exige obediencia bajo la ley: Dios obra obediencia bajo el Evangelio. La ley exige de nosotros santidad: el Evangelio obra en nosotros esa santidad; de tal forma que la diferencia entre las economías de la ley y del Evangelio no podría encontrarse en ninguna reducción de las demandas de la ley, sino en que los redimidos reciben realmente lo que la ley exige de ellos, y el Evangelio obra en ellos lo que la ley requiere.

Noten, amados hermanos, que bajo el antiguo pacto, la ley de Dios fue promulgada de un modo aterrador, mas no aseguró una fiel obediencia. Dios bajó al Sinaí, y todo el monte humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera.

Era tan terrible la visión de Dios manifestándose a Sí mismo en el monte Sinaí, que incluso Moisés dijo: “Estoy espantado y temblando”. De las densas tinieblas que cubrían la sublime cúspide provino el sonido de una bocina que sonaba largamente y cuyo estruendo iba aumentando en extremo, y una voz proclamó uno a uno los diez grandes estatutos y las ordenanzas de la ley moral.

Creo ver a la gente a la distancia, con un término señalado alrededor del monte, encorvada y sumida en un pavor desmesurado, suplicando por fin que no se les dijeran más esas palabras directamente a ellos.

Tan terrible era el sonido de la voz de Jehová, aun cuando no estaba declarando venganza sino simplemente exponiendo la justicia, que el pueblo no lo pudo soportar más: y, sin embargo, no quedó una impresión permanente en sus mentes, y sus vidas no mostraron ninguna obediencia. Los hombres pueden sentirse acobardados por el poder, pero sólo son convertidos por amor. La espada de la justicia tiene menos poder sobre los corazones humanos que el cetro de la misericordia.

Para preservar aún más esa ley, Dios mismo la grabó en dos tablas de piedra, y puso esas tablas en las manos de Moisés. ¡Qué tesoro! De cierto, ningún elemento material había sido tan honrado como estas dos losas, pues fueron tocadas por el dedo de Dios, y mostraban la impresión legible de Su mente.

Pero estas leyes sobre piedra no fueron conservadas: ni las piedras ni las leyes fueron reverenciadas. Moisés no había permanecido en el monte por mucho tiempo, pero ya la gente que una vez estuvo sumida en el asombro se estaba inclinando delante del becerro de oro, olvidada del Sinaí y de su solemne voz, fabricándose la imagen de un buey que come hierba, e inclinándose delante de ella como el símbolo de la deidad.

Cuando Moisés bajó del monte con las inapreciables tablas en sus manos, vio al pueblo enteramente entregado a una ruin idolatría, y en su indignación arrojó las tablas al suelo y las quebró, al ver cómo el pueblo las había quebrantado espiritualmente violando cada palabra del Altísimo. De todo esto concluyo que la ley no es realmente observada nunca como resultado del miedo servil.

Puedes predicar la ira de Dios y los terrores del mundo venidero, pero no derriten el corazón como para que preste obediencia fiel. Para otros fines, es necesario que el hombre conozca la determinación de Dios de castigar el pecado, pero el corazón no es conquistado a la virtud por ese hecho. El hombre se rebela todavía más y más; es tan obstinado que entre más se le ordene, más se rebela. El decálogo en las paredes de su iglesia y en su diario servicio tiene sus fines, pero no puede ser eficaz en las vidas de los hombres, mientras no sea escrito también en sus corazones.

Las tablas de piedra son duras, y los hombres consideran dura la obediencia a la ley de Dios: los mandamientos son juzgados como pétreos cuando el corazón es pétreo, y los hombres se endurecen porque la vía del precepto es dura para sus mentes perversas.

Las piedras son proverbialmente frías, y la ley parece algo gélido y frío, y por eso, no sentimos ningún amor si sólo se recurre a nuestro miedo. Las tablas de piedra, aunque aparentemente son durables, pueden quebrarse con suficiente facilidad, e igualmente pueden ser quebrantados los mandamientos de Dios; y, en verdad, son quebrantados por nosotros diariamente, e incluso quienes tienen el más claro conocimiento de la voluntad de Dios, ofenden en Su contra.

Mientras no haya algo que los detenga, excepto un servil pavor al castigo o una egoísta esperanza de recompensa, no rinden ningún homenaje fiel a los estatutos del Señor.

En este momento tengo que mostrarles la forma en que Dios asegura la obediencia a Su ley de una manera muy diferente; no la promulga con truenos desde el monte Sinaí, ni la graba en tablas de piedra, sino que viene a los corazones de los hombres en benignidad e infinita compasión, e inscribe los mandamientos de Su ley en tablas de carne, de tal manera que son gozosamente obedecidos, y los hombres son convertidos en siervos dispuestos de Dios.

Este es el segundo gran privilegio del pacto: no segundo en valor sino en orden: “El es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias”. Ezequiel lo describe así: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra”.

En la Epístola a los Hebreos lo tenemos descrito de otra forma, y lo leemos así: “He aquí vienen días, dice el Señor, en que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto; no como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos no permanecieron en mi pacto, y yo me desentendí de ellos, dice el Señor.

Por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mí por pueblo.” Esto es tan inestimablemente precioso, que quienes conocen al Señor ansían esto, y su gran deleite es que será obrado en ellos por la gracia soberana de Dios.

Antes que nada, vamos a mirar a las tablas: “Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón”; en segundo lugar, vamos a mirar a la escritura; en tercer lugar, al escritor; y, en cuarto lugar, a los resultados que se obtienen de esta maravillosa escritura. Oh que el Espíritu que está prometido para encaminarnos en toda la verdad, nos ilumine ahora.

I. Primero, invito su atención a LAS TABLAS sobre las que escribe Su ley: “Daré mi ley en su mente”. Exactamente como una vez puso las dos tablas en el arca de madera de acacia, así pondrá Su santa ley en nuestra mente, y la introducirá en nuestro pensamiento y en nuestra memoria y en nuestro afecto, igual que una joya es puesta en su estuche. Luego agrega: “Y la escribiré en su corazón”. De la misma manera que las santas palabras fueron grabadas sobre piedra, así serán escritas ahora en el corazón, con la escritura del propio Dios. Observen que la ley no es escrita sobre el corazón, sino en el corazón, en su propio tejido y constitución, de tal forma que se infunde la obediencia como principio vital en el centro y núcleo del alma.

Así, pueden ver que el Señor ha seleccionado como Sus tablas lo que constituye el asiento de la vida. Es en el corazón donde se encuentra la vida, y una herida allí es fatal: donde está el asiento de la vida, allí estará el asiento de la obediencia. La vida tiene su palacio permanente y su perpetua habitación en el corazón: y Dios dice que, en lugar de escribir Su santa ley sobre piedras que pueden ser colocadas a la distancia, la escribirá en el corazón, que siempre está dentro de nosotros. En vez de poner la ley sobre filacterias que pueden ser atadas en medio de los ojos, pero que pueden ser quitadas de allí con facilidad, Él la escribe en el corazón, donde debe permanecer siempre. Él ha ordenado a Su pueblo que escriba Sus leyes en los postes de sus casas y en sus puertas; pero en esos conspicuos lugares podrían volverse tan familiares que podrían pasar inadvertidas; ahora el propio Señor las escribe donde estén siempre visibles y produzcan siempre efecto. Si los hombres tienen los preceptos escritos donde reside su vida, entonces viven con la ley, y ya no pueden vivir sin ella. Es maravilloso que Dios haga esto. Manifiesta infinitamente mayor sabiduría que si la ley hubiese sido inscrita sobre losas de granito o grabada en láminas de oro. ¡Qué sabiduría es esta que opera sobre el manantial original de vida, de tal forma que todo lo que fluya del hombre tendrá un origen santificado!

Además observen que no solamente es el corazón el asiento de vida, sino que es el poder gobernante. Es desde el corazón, como desde una metrópolis real, que son proclamados los mandamientos imperiales del hombre, por los cuales la mano y el pie, el ojo y la lengua, y todos los miembros son ordenados. Si el corazón es recto, entonces los otros poderes deben reconocer sumisión a su influjo, y se vuelven rectos también. Si Dios escribe Su ley en el corazón, entonces el ojo purifica sus miradas, y la lengua habla conforme a la regla, y la mano se mueve y el pie viaja como lo ordena Dios. Cuando el corazón está plenamente influenciado por el Espíritu de Dios, entonces la voluntad y el intelecto, la memoria y la imaginación, y todo lo demás que constituye el hombre interior se coloca bajo una alegre sumisión al Rey de reyes. Dios mismo dice: “Dame, hijo mío, tu corazón,” pues el corazón es la llave de toda la actitud. De aquí la sabiduría suprema del Señor al establecer Su ley donde se torna eficaz sobre el hombre integral.

Pero antes de que Dios escriba en el corazón del hombre, éste debe ser preparado. Está totalmente indispuesto para ser una mesa de escribir para el Señor, mientras no sea renovado. Antes que nada, el corazón debe experimentar borraduras. Lo que ya está escrito en el corazón es conocido por algunos de nosotros, para compunción nuestra. El pecado original ha trazado profundas líneas, Satanás ha puesto las señales de su horrible escritura en letras negras y nuestros hábitos malvados han dejado sus huellas allí. ¿Cómo podría el Señor escribir allí? Nadie esperaría que el santo Dios inscribiera su santa ley en una mente impía. Las cosas anteriores deben ser borradas, para que haya un claro espacio sobre el que puedan grabarse nuevas y mejores cosas. Pero, ¿quién podría borrar esas líneas? “¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal?” El Dios que puede quitar las manchas del leopardo, y la negrura del etíope, también puede suprimir las perversas líneas que desfiguran el corazón ahora.

Así como el corazón debe experimentar borraduras, debe también sufrir una completa purificación, no de la superficie únicamente, sino de su urdimbre completa. En verdad, hermanos, fue mucho más fácil que Hércules limpiara los establos de Augías (1), que nuestros corazones sean purificados; pues el pecado que habita en nosotros no es una acumulación de contaminación externa, sino que es una corrupción interna que lo penetra todo. La mácula del mal espiritual y secreto está en la vida natural del hombre, y cada latido de su alma es desordenado por ella. Los huevos de todos los crímenes están dentro de nuestro ser: el virus maldito de cuyo mortal veneno procede cada designio inmundo, está presente en el alma. No únicamente la tendencia a pecar, sino el pecado mismo ha tomado posesión del alma, y la ha ennegrecido por completo, hasta no haber ni una sola fibra del corazón que esté limpia del tinte de la iniquidad. Dios no puede escribir Su ley en nuestra mente mientras no la haya purificado con agua y con sangre. Las tablas sobre las que escriba el Señor deben ser limpias; por tanto, el corazón en el que Dios grabe Su ley debe ser un corazón purificado; y es un gran gozo darnos cuenta de que de la persona de nuestro Señor fluyó sangre y agua que purifican el corazón, de tal forma que la provisión responde a la necesidad. Bendito sea el nombre de nuestro Dios lleno de gracia, porque Él sabe cómo borrar el mal y purificar el alma a través de Su Espíritu Santo, aplicándonos la obra de Jesús.

En adición a esto, el corazón necesita ser suavizado, pues el corazón es naturalmente duro, y en algunas personas se ha vuelto más duro que una piedra de diamante. Han resistido el amor hasta volverse impermeables a él. Han hecho frente obstinadamente a la voluntad de Dios hasta haberse establecido con desesperación en la maldad, y nada puede afectarles. Dios debe derretir el corazón, debe transformar el granito en carne; y Él tiene el poder de hacerlo. Bendito sea Su nombre, pues de acuerdo al pacto de gracia, Él ha prometido obrar esta maravilla, y la hará.

Y el ablandamiento no basta, pues hay algunas personas que poseen una ternura de un tipo sumamente embaucador. Reciben la palabra con gozo: sienten cada expresión de la palabra, pero prontamente siguen su propio camino y se olvidan qué tipo de personas son. Son tan impresionables como el agua, pero la impresión desaparece muy pronto; de tal forma que otro cambio es necesario, es decir, tienen que ser hechos capaces de retener lo bueno: de otra forma podrías grabar y regrabar, pero, como una inscripción sobre cera, desaparecería al instante si se expusiera al calor. El diablo, el mundo, y las tentaciones de la vida pronto borrarían del corazón lo que Dios escribiese, si no lo hubiese creado de nuevo con la facultad de apegarse a lo que es bueno.

En una palabra, el corazón del hombre necesita ser cambiado totalmente, como le dijo Jesús a Nicodemo: “Os es necesario nacer de nuevo”. Queridos lectores, nosotros les predicamos que el que crea en Cristo tiene vida eterna, y no decimos ni más ni menos que la verdad de Dios cuando afirmamos esto; sin embargo, créannos, debe haber un cambio tan grande en la persona como si un hombre fuese muerto y revivido. Debe haber una nueva creación, una resurrección de los muertos; las cosas viejas deben pasar y todas las cosas deben ser hechas nuevas. La ley de Dios no puede ser escrita nunca en el viejo corazón natural: nos debe ser dada una nueva naturaleza espiritual, y luego, en el centro de esa nueva vida, sobre el trono de ese nuevo poder dentro de nuestra vida, Dios establecerá la proclamación de Su bendita voluntad, y lo que Él ordena será cumplido.

Entonces, ustedes pueden ver que no se puede escribir tan fácilmente sobre estas tablas como pensábamos al principio. Si Dios escribe la ley en el corazón, el corazón debe estar preparado, y para estar preparado debe ser renovado enteramente por un milagro de la misericordia, que sólo puede ser obrado por esa mano omnipotente que hizo tanto el cielo como la tierra.

II. En segundo lugar, procedamos a notar LA ESCRITURA. “Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón”. ¿Cuál es esta escritura? Primero, su tema es la ley de Dios. Dios escribe en los corazones de Su pueblo aquello que ya ha sido revelado; no escribe allí nada nuevo y sin revelar, sino Su propia voluntad que ya nos ha dado en el libro de la ley. Él escribe en el corazón mediante una operación de gracia, lo que ya ha escrito en la Biblia mediante una revelación de gracia. Él no escribe filosofía, ni imaginación, ni superstición, ni fanatismo, ni fantasías ociosas. Si alguien me dijera: “Dios ha escrito tal y tal cosa en mi corazón”, yo le respondería: “muéstramela en el Libro”, pues si no es acorde a las otras Escrituras, no es la escritura de Dios. Una fantasía relativa a que un hombre es profeta, o un príncipe, o un ángel, podrá estar en el corazón del hombre, pero Dios no la escribió allí, pues Su propia declaración es: “escribiré mi ley en su corazón”, y no habla de nada más allá de eso. El disparate de los hombres modernos que pretenden ser profetas, no es una escritura de Dios; sería una deshonra para un hombre sano adjudicarse esa función: ¿cómo podría ser del Señor? Él promete aquí escribir Su propia ley en el corazón, pero nada más. Conténtense con tener la ley escrita en su alma, y no se pierdan en vanas imaginaciones, para que no se decepcionen gravemente por creer en una mentira.

Sin embargo, observen que Dios dice que escribirá toda Su ley en el corazón: esto está incluido en las palabras, “mi ley”. La obra de Dios es completa en todas sus partes, y hermosamente armoniosa. No escribe un mandamiento y deja fuera el resto como hacen muchos en sus propias reformas. En su virtud, se indignan contra un pecado en particular, pero obran desordenadamente en otros males. La ebriedad es para ellos la más condenable de todas las transgresiones, pero toleran la avaricia y la inmundicia. Denuncian el robo, y sin embargo defraudan; vociferan en contra del orgullo, y sin embargo se entregan a la envidia: así son parciales, y hacen falsamente la obra del Señor. No debe ser así. Dios no pone delante de nosotros una santidad parcial, sino la ley moral completa. “Escribiré mi ley en su corazón.” Las reformas humanas son generalmente sesgadas, pero la obra de gracia del Señor es balanceada y proporcionada. El Señor escribe la ley perfecta en los corazones de los hombres, porque tiene la intención de producir hombres maduros.

Fíjense, además, que en el corazón está escrita la ley, no suavizada y alterada, sino “mi ley”, la mismísima ley que fue escrita al principio en el corazón del hombre antes de la caída. Pablo dice, de los hombres naturales, que “muestran la obra de la ley escrita en sus corazones”. Hay suficiente luz en la conciencia para condenar a los hombres por la mayoría de sus iniquidades. El grabado original de la ley en el corazón del hombre en su creación, ha sido dañado y casi borrado por la caída del hombre y por sus subsiguientes transgresiones, pero el Señor, cuando renueva el corazón, restablece la escritura y la deja vívida y fresca, la escritura de los primeros principios de justicia y verdad.

Pero acercándonos más al tema: ¿qué quiere decir la Escritura cuando expresa: escribir la ley de Dios en el corazón? La escritura misma incluye muchísimas cosas. Un hombre que tiene la ley de Dios escrita en su corazón, antes que nada, la conoce. Es instruido en las ordenanzas y estatutos del Señor. Es una persona iluminada, y ya no es más uno de esos que desconocen la ley y son malditos. El Espíritu de Dios le ha enseñado lo que está bien y lo que está mal: lo sabe como algo suyo, y, por tanto, no puede confundir las tinieblas con la luz, ni la luz con las tinieblas.

Además, esta ley permanece en su memoria. Cuando tenía la ley escrita sobre una tabla, debía ir necesariamente a su casa para mirarla, pero ahora la lleva consigo en su corazón a todas partes, y sabe de inmediato lo que es correcto y lo que es incorrecto. Dios le ha dado un criterio mediante el cual juzga todas las cosas. Descubre que “no todo lo que brilla es oro”, y que todo lo que pretende ser santo, no lo es. Separa lo valioso de lo vil, y hace eso habitualmente; pues su conocimiento de la ley de Dios y su recuerdo de ella van acompañados por un discernimiento de espíritu que Dios ha obrado en él, de tal forma que discierne rápidamente aquello que es acorde con la mente de Dios y lo que no lo es. Ahora, este es un punto crucial, pues los hombres hacen comúnmente muchas cosas que incluso llegan a defender, afirmando que no hay nada malo en ellas; pero de conformidad a la regla divina son totalmente inicuas. El pueblo de Dios juzga estas cosas, y no siente placer en ellas. Un instinto sagrado advierte al creyente de la cercanía del pecado. Mucho antes de que el sentimiento público hubiere sonado la alarma en contra de prácticas cuestionables, el cristiano, aunque fuese engañado momentáneamente por la costumbre vigente, siente un temblor y una intranquilidad. Aun si consintiera externamente siendo arrastrado por la opinión general, un algo interno protesta, y lo conduce a considerar si en verdad el asunto puede ser defendido. Tan pronto detecta el mal, huye de él. Es algo grandioso poseer un detector universal, de tal forma que sin importar donde vayas, no dependes del juicio de otros, y, por tanto, no eres engañado como son engañadas las multitudes.

Sin embargo, esto es sólo una parte del asunto, y comparativamente, una pequeñísima parte. La ley está escrita en el corazón del hombre más allá de este punto, es decir, el hombre aprueba que la ley es buena; y su conciencia restaurada clama: “sí, eso es así, y tiene que ser así. Este mandamiento mediante el cual Dios ha prohibido un cierto camino es un mandamiento adecuado y prudente: tenía que ser prescrito.” Es un signo esperanzador cuando un hombre no desea más que los mandamientos divinos sean diferentes de lo que son, sino que los confirma mediante el veredicto de su aprobación. ¿Acaso no hay hombres que en su ira desearían que matar no fuera un crimen? ¿Acaso no hay otros que no roban, pero que desearían apoderarse de los bienes de sus vecinos? ¿Acaso no hay muchos que desearían que la fornicación y el adulterio no fueran vicios? Esto comprueba que sus corazones son depravados; pero no sucede así con los regenerados; no quisieran que la ley fuera alterada por ningún motivo. Su voto es a favor de la ley, pues la consideran como el guardián de la sociedad, la única base sobre la que se puede construir la paz del universo, pues únicamente mediante la justicia puede ser establecido algún orden en las cosas. Si poseyéramos la sabiduría de Dios, proclamaríamos precisamente esa ley que Dios ha proclamado, ya que la ley es santa, y justa, y buena, y promueve el más elevado beneficio para el hombre. Es algo grandioso cuando el hombre llega a ese punto.

Pero, además, Dios introduce en el corazón un amor a la ley así como una aprobación de la misma, de tal magnitud, que el hombre agradece a Dios por haberle dado tan justa y amable representación de lo que es la perfecta santidad; le agradece porque le ha dado tales cordeles de medida, por los cuáles sabe cómo debe construirse una casa en la que more Dios. Y agradeciendo así al Señor, su oración, su deseo, su anhelo, su hambre, y su sed son por la justicia, para poder ser en todo acorde a la mente de Dios. Es algo glorioso cuando el corazón se deleita en la ley del Señor y encuentra en ella su solaz y su placer. La ley está plenamente escrita en el corazón cuando un hombre se complace en la santidad, y siente un profundo dolor cuando se le aproxima el pecado.

Oh, mi querido amigo, el Señor ha hecho grandes cosas por ti cuando cada cosa mala se vuelve detestable para ti. Aunque caigas en pecado por causa de la debilidad de tu carne, si te causa intensa agonía y dolor, es debido a que Dios ha escrito Su ley en tu corazón. Aunque no puedas ser tan santo como quisieras serlo, sin embargo, si los caminos de la santidad son tu placer, si son el verdadero elemento en el que vives así como el pez vive en el mar, entonces has sido el sujeto de un muy maravilloso cambio de corazón. No es tanto lo que haces, sino aquello en lo que te deleitas, lo que se convierte en la clara prueba de tu carácter. Muchas personas estrictamente religiosas que van y vienen de la iglesia a la capilla, estarían inusualmente alegres si no se sintieran obligadas a hacerlo. ¿Acaso no es su adoración pública una formalidad muerta? Una buena cantidad de personas tiene reuniones de oración familiar y oraciones privadas pero desearía poder liberarse de tales estorbos. ¿Hay acaso alguna religión en los ejercicios corporales que son una carga para el corazón? Nada es aceptable a Dios mientras no sea aceptable para ustedes mismos: Dios no recibirá su sacrificio a menos que lo ofrezcan voluntariamente. Cuán contrario es esto a la creencia de muchos, pues dicen: “vea usted, yo me niego a mí mismo al ir tantas veces a un lugar de adoración y por hacer oración privada, por tanto debo ser muy religioso.” Lo contrario es más aproximado a la verdad.

Cuando servir a Dios se convierte en una desdicha, entonces, en verdad, el corazón está muy lejos de la salud espiritual; pues cuando el corazón ha sido renovado, se deleita en adorar y servir al Señor. En lugar de decir: “yo dejaría de orar si pudiera”, la mente regenerada clama: “yo quisiera poder estar orando siempre”. En vez de decir: “si pudiera, yo me mantendría lejos de la asamblea del pueblo de Dios”, la naturaleza recién nacida desea morar, como David, en la casa del Señor para siempre. Esta es una gran evidencia de la escritura de la ley en el corazón, cuando la santidad se vuelve un placer y el pecado se convierte en una amargura. Cuando esto ha sido obrado, ¡cuán grandes cosas ha hecho Dios por nosotros!

El punto principal de todo radica en que, cuando nuestra naturaleza era una vez contraria a la ley de Dios, todo lo que Dios prohibía era deseado de inmediato por nosotros, y todo lo que Dios ordenaba era un disgusto para nosotros; pero el Espíritu Santo viene y cambia nuestra naturaleza y la hace congruente con la ley, de tal forma que ahora todo lo que Dios prohíbe, nosotros también lo prohibimos, y todo lo que Dios ordena, nuestra voluntad también lo ordena. ¡Cuánto mejor es tener la ley escrita en el corazón que sobre tablas de piedra!

Si alguien preguntara cómo mantiene el Señor legible la escritura en el corazón, me gustaría dedicar un minuto o dos para mostrarles el proceso. Yo no sé decirles cómo el Espíritu Santo escribe inicialmente la ley en el corazón. Los medios externos son la predicación de la palabra y su lectura; pero cómo opera directamente el Espíritu Santo en el alma, no lo sabemos; es uno de los grandes misterios de la gracia. Esto sí conocemos dentro de nosotros, que aunque antes éramos ciegos, ahora podemos ver, y aunque aborrecíamos la ley de Dios, ahora sentimos un intenso deleite en ella: también sabemos que el Espíritu Santo obró este cambio, pero cómo lo hizo, permanece en el misterio. Esa parte que podemos discernir de Su santo oficio, es completada de conformidad a las leyes usuales de la operación mental. Él ilumina por medio del conocimiento, convence mediante argumento, conduce por persuasión, fortalece por instrucción, y así sucesivamente.

También sabemos esto, que una forma por la que la ley permanece escrita en el corazón de un cristiano es esta: un sentido de la presencia de Dios. El creyente siente que no podría pecar sin que Dios dejara de mirarle. Se necesitaría un rostro de bronce para que un hombre jugara el papel de traidor en la presencia de un rey; estas cosas son llevadas a cabo “en secreto”, según la descripción de los hombres, pero no delante del rostro del monarca. Así el cristiano siente que mora a la vista de Dios, y esto le impide desobedecer. El ojo del Padre celestial es el mejor amonestador del hijo de Dios.

A continuación, el cristiano tiene un vivo sentido dentro de sí de la degradación que una vez le trajo el pecado. Si hay algo que no puedo olvidar personalmente, es el horror de mi corazón, cuando estando todavía bajo pecado, Dios me reveló mi estado. Ah, amigos, el viejo proverbio que un hijo que ha sufrido quemaduras siente terror por el fuego, tiene una intensidad de verdad muy inherente, en el caso de alguien que ha sido quemado por el pecado hasta ser conducido a la desesperación por ese pecado; lo odia con un odio perfecto, y, por ese medio, Dios escribe la ley en el corazón.

Pero un sentido del amor es todavía un factor más poderoso. Basta que un hombre sepa que Dios le ama, que se sienta seguro que Dios le amó siempre desde antes de la fundación del mundo, y tratará de agradar a Dios. Basta que tenga por cierto que el Padre le amó tanto como para entregar a Su unigénito Hijo a la muerte para que esa persona pudiera vivir a través de Él, y entonces amará a Dios y odiará el mal. Un sentido de perdón, de adopción, y del dulce favor de Dios, tanto en la providencia como en la gracia, deben santificar al hombre. No puede ofender voluntariamente en contra de tal amor; por el contrario, se siente obligado a obedecer a Dios en retorno por esa gracia inescrutable; y así, mediante un sentido de amor, Dios escribe efectivamente Su ley en el corazón de Su pueblo.

Otra pluma muy poderosa con la que escribe el Señor se encuentra en los sufrimientos de nuestro Señor Jesucristo. Cuando vemos a Jesús escupido, y flagelado, y crucificado, sentimos que debemos odiar el pecado con toda la intensidad de nuestra naturaleza. ¿Acaso pueden contar las gotas púrpuras de Su sangre redentora y luego regresar a vivir en la iniquidad que le costó tanto al Señor? La muerte de Cristo escribe la ley de Dios muy profundamente en el centro del corazón del hombre. La cruz crucifica al pecado.

Además de eso, Dios establece efectivamente Su santa ley en el trono del corazón, dándonos una vida nueva, una vida celestial. Hay dentro de un cristiano un principio inmortal que no puede pecar, porque es nacido de Dios, y no puede morir, pues es la simiente viva e incorruptible que vive y permanece para siempre.

En la regeneración hay un algo que se nos imparte, completamente extraño a nuestra naturaleza corrupta; un principio divino es colocado en el alma que no puede ser corrompido ni tampoco puede morir, y por este medio, la ley es escrita en el corazón. No pretendo explicar el proceso de regeneración, pero en verdad involucra una vida divina, implantada por el Espíritu Santo.

Además, el propio Espíritu Santo mora en los creyentes. Les ruego que no olviden nunca esta maravillosa doctrina, que tan cierto como Dios habitó en carne humana en la persona del Dios-hombre Mediador, así de cierto es que el Espíritu Santo mora en los cuerpos de todos los hombres y mujeres redimidos que han nacido de nuevo; y por la fuerza de esa permanencia, Él guarda la mente impregnada de santidad para siempre, por siempre sumisa a la voluntad del Altísimo.

III. Ahora tornamos a pensar por un minuto en EL ESCRITOR. ¿Quién es el que escribe la ley en el corazón? Es el propio Dios. “Yo lo haré”, dice Él.

Noten, primero, que Él tiene un derecho de redactar Su ley en el corazón. Él hizo el corazón; es Su tabla: puede escribir allí lo que quiera. Como arcilla en las manos del alfarero, así somos nosotros en Sus manos.

Noten, a continuación, que únicamente Él puede escribir la ley en el corazón. Nunca será escrita allí por ninguna otra mano. La ley de Dios no puede ser escrita en el corazón por algún poder humano. Ay, cuán a menudo he expuesto la ley de Dios y el Evangelio de Dios, pero yo no he penetrado más allá del oído: únicamente el Dios vivo puede escribir en el corazón vivo. Esta es una obra noble que ni los propios ángeles pueden llevar a cabo. “Dedo de Dios es este.” Como únicamente Dios puede y debe escribir allí, sólo Él obtendrá la gloria de esa escritura cuando sea perfeccionada.

Cuando Dios escribe, Él escribe perfectamente. Ustedes y yo hacemos manchones y borrones: tenemos que poner un índice de errata al fin de cada pieza de humana escritura, pero cuando Dios escribe, los borrones o errores no tienen ninguna participación. Ninguna santidad puede sobrepasar la santidad producida por el Espíritu Santo cuando Su obra interna está completada en su totalidad.

Además, Él escribe indeleblemente. Yo desafío al diablo que saque una sola letra de la ley de Dios del corazón de un hombre, cuando Dios ha escrito allí. Cuando el Espíritu Santo ha llegado con todo el poder de Su divinidad y ha reposado en nuestra naturaleza, y ha grabado en ella la vida de santidad, entonces puede venir el diablo con sus alas negras y toda su malvada astucia, pero no puede borrar nunca las líneas eternas. Llevamos en nuestros corazones las señales del eterno Dios y Señor, y las llevaremos eternamente. Las rocas grabadas muestran las inscripciones durante mucho tiempo, pero los corazones grabados las llevan por siempre y para siempre. ¿Acaso no dice el Señor: “Pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí”? Bendito sea Dios por esos principios inmortales que prohíben que el hijo de Dios peque.

IV. Quiero concluir notando LOS RESULTADOS de la ley escrita de esa manera en el corazón. Quisiera que mientras he estado predicando acerca de esto, muchos de ustedes se hayan estado diciendo: “yo espero que la ley sea escrita en mi corazón”. Recuerden que esto es un don y un privilegio del pacto de la gracia, y no es obra del hombre. Queridos amigos, si alguno de ustedes se ha dicho: “no encuentro nada bueno en mí, por tanto, no puedo venir a Cristo”, habla insensatamente. La ausencia de bien es una buena razón para que vengas a Cristo, para que Él supla tus necesidades. “Oh, pero si pudiera escribir la ley de Dios en mi corazón, vendría a Cristo.” ¿Lo harías? ¿Para qué necesitarías a Cristo? Pero si la ley no está escrita en tu corazón, entonces ven a Jesús para que te la escriba. El nuevo pacto dice: “Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón.” Ven entonces para que te escriba así la ley internamente. Ven tal como eres, antes de que una sola línea haya sido escrita. El Señor Jesús quiere preparar Sus propias tablas, y escribir cada una de las letras de Sus propias epístolas: ven a Él tal como eres, para que Él haga todo por ti.

¿Cuáles son los resultados de que la ley sea escrita en los corazones de los hombres? Frecuentemente el primer resultado es un gran dolor. Si la ley de Dios está escrita en mi corazón, entonces me digo a mí mismo, “¡ah, que yo haya vivido como un quebrantador de la ley durante tanto tiempo! Esta bendita ley, esta amable ley, ni siquiera había pensado en ella, o si pensé en ella, me provocó a la desobediencia.

El pecado revivió, y yo morí cuando vino el mandamiento.” Nos retorcemos las manos y clamamos: “¿cómo podemos ser tan perversos como para quebrantar una ley tan justa? ¿Cómo podemos ser tan obstinados como para ir en contra de nuestros propios intereses? ¿Acaso no sabíamos que la violación del mandamiento es un daño para nosotros mismos?” Así estamos sumidos en la amargura como uno que está amargura por la muerte de su primogénito. Si no se han lamentado por causa del pecado, no creo que Dios haya escrito jamás Su ley en sus corazones. Uno de los primeros signos de la gracia es un rocío en los ojos debido al pecado.

El siguiente efecto es que le viene al hombre una determinación firme y rígida de no quebrantar otra vez la ley, sino de guardarla con todas sus fuerzas. Él clama con David: “Juré y ratifiqué que guardaré tus justos juicios.” Al leer los preceptos del Señor, su corazón entero dice: “sí, eso es lo que debo ser, eso es lo que deseo ser, y eso es lo que seré, de acuerdo a la voluntad de Dios.”

Ese firme propósito pronto conduce a un fiero conflicto; pues otra ley alza su cabeza, una ley que está en nuestros miembros; y esa otra ley clama: “no tan rápido; tu nueva ley que ha venido a tu alma para gobernarte, no será obedecida: yo seré la ley en vigor.” El que ha nacido en nosotros para ser nuestro rey, encuentra al viejo Herodes listo para matar al pequeño niño. La concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne, y el orgullo de la vida, cada uno de ellos, jura combatir en contra del nuevo monarca y del poder reciente que ha llegado al corazón.

Algunos de ustedes conocen lo que esta lucha significa. Es un duro combate el que sostienen algunos, para mantenerse libres del pecado real. Cuando se han visto asediados por el mal carácter, ¿no han tenido que llevarse la mano a la boca para callarse y no decir lo que solían decir, pero que no desearían decir otra vez? A menudo, ¿no se han recluido en el aposento de arriba para estar solos, sintiendo que pronto resbalarían si el Señor no los sostuviera? ¡Cuán sabio es estar a solas con Dios y clamar a Él por ayuda! ¡Cuán prudente vigilar de día y de noche en contra del mal! Ciertos jactanciosos hablan de haber superado todo eso.

Me encantaría pensar que existen tales hermanos: pero me encantaría conservarlos en una urna de cristal para exhibirlos por todos lados, o en una caja de hierro donde los ladrones no pudieran descubrirlos. Concibo que es una trampa del diablo si ustedes imaginan que están más allá de la necesidad de una vigilancia diaria. En lo que a mí respecta, no he sobrepasado el conflicto o la lucha: testifico que la batalla se torna más dura cada día. Y encuentro que aquellos miembros del pueblo de Dios con quienes me relaciono, todavía están combatiendo y luchando.

Algunas veces sé que el diablo no ruge, pero le tengo más miedo cuando está quieto que cuando se enfurece. Yo preferiría que rugiera, pues un diablo rugiente es mejor que un diablo durmiente. Se le da la mano y se toma hasta el codo; y siempre que comienzas a decirte: “mis corrupciones están todas muertas; ahora no tengo tendencias a pecar”, estás en un grave peligro. Pobre alma, no sabes de lo que dices.

Que Dios te envíe a la escuela y te ilumine un poco, y estoy seguro de que antes de que pase mucho tiempo, cantarías otra tonada. Estos son los resultados incidentales: cuando el Señor escribe la ley en el corazón, las refriegas y las luchas son comunes dentro del hombre, pues la santidad se esfuerza por alcanzar el predominio.

Pero, ¿acaso no resulta de la escritura divina algo mejor que esto? Oh, sí. Viene una obediencia real. El hombre no sólo aprueba la ley porque es buena, sino que la obedece; y cualquier cosa que Cristo ordene, no importa cuál sea, el hombre busca cumplirla: no solamente desea hacerla, sino que la cumple realmente; y si hay algo que está mal, no solamente desea abstenerse de ello, sino que se abstiene.

Con la ayuda de Dios, se vuelve recto, y justo, y sobrio y piadoso, y amante, y semejante a Cristo, pues esto es lo que el Espíritu de Dios obra en él. Él querría ser perfecto, a no ser por las viejas concupiscencias de la carne que permanecen en los corazones de los regenerados.

El creyente siente ahora un intenso placer en todo lo que es bueno. Si hay algo recto y verdadero en el mundo, él está de parte de todo eso: si la verdad sufre derrotas, él es derrotado; pero si la verdad prosigue su ruta victoriosa y de triunfos futuros, él vence también, y toma y divide el botín con gozo.

Ahora él está de parte de Dios, ahora está del lado de Cristo, ahora pertenece al bando de la verdad, ahora pertenece al bando de la santidad; y un hombre no puede ser eso sin que sea un hombre feliz. Con todas sus luchas, y todas sus lágrimas, y todas sus confesiones, él es un hombre feliz, pues está del lado feliz. Dios está con él, y él está con Dios, y debe ser bendito.

Conforme esto progresa, el hombre es más y más preparado para morar en el cielo. Es transformado de gloria en gloria en la imagen de Dios, como por el Espíritu del Señor. Nuestra idoneidad para el cielo no es algo que nos será aplaudido en los últimos pocos minutos de nuestra vida, cuando estemos a punto de morir; sino que los hijos de Dios tienen una aptitud para el cielo tan pronto son salvos, y esa adecuación crece y se incrementa hasta estar maduros, y entonces, como una fruta madura, se caen del árbol y se encuentran en el seno de su Padre Dios.

Dios no mantendrá a un alma fuera del cielo ni medio minuto, si está totalmente preparada para ir allí; y así, cuando Dios nos ha preparado para ser partícipes de la herencia de los santos en luz, entraremos de inmediato en el gozo de nuestro Señor.

Hermanos míos, siento que he hablado endeble y prosaicamente acerca de uno de los temas más benditos que hubieren ocupado jamás los pensamientos del hombre: cómo es guardada la ley de Dios, cómo es honrada, cómo viene al mundo la santidad, y cómo ya no somos rebeldes. En esto, confiemos en nuestro Señor Jesús, que es para nosotros la fianza de ese pacto, del cual, una de las grandiosas promesas es esta: “Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón.” Que Dios lo haga así con nosotros, por Cristo nuestro Señor. Amén.

Nota del traductor:

(1) Augías, proveniente de la mitología griega, era rey de Élide. Heracles o Hércules limpió sus inmensos establos desviando el río Alfeo.

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