primado de Roma

Historia de la Iglesia: Clericalismo parte 3

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Historia de la Iglesia: Clericalismo parte 3

Autor: Paulo Arieu

Introducción: En este artículo veremos el avance del clericalismo, y el surgimiento de lo que seria el futuro primado de Roma (el papado)

Tertuliano

a) Siglo III. A principios del siglo tercero, Serafín hizo tentativas para implantar el primado, pero tuvo que chocar con la voluntad férrea de Tertuliano, quien en tono de burla lo llama Pontifex Maximus, y obispo de obispos. Muchas veces los defensores del papado citan estas palabras de Tertuliano ignorando, o queriendo ignorar, que fueron dichas para mostrar el carácter pagano de las pretensiones del obispo de Roma. A mediados del mismo siglo, al suscitarse la cuestión de la validez del bautismo administrado por los herejes, el obispo de Roma quiso imponer una norma de conducta: pero los obispos de Asia y de África, mayormente Cipriano, le desconocieron el derecho de intervenir en asuntos que no afectaban a su jurisdicción. La sede de Roma, no obstante, iba ganando terreno día a día. Rodeada de toda pompa y magnificencia exterior, atraía las miradas del mundo. Su situación política y geográfica, lo mismo que su brillo, contribuían a darle un primado moral, que se lo reconocían aún los que no aceptaban sus pretensiones. Las deliberaciones del Concilio de Nicea demuestran que el obispo de Roma era todavía en aquel tiempo un metropolitano como el de Alejandría o Antioquia.

Antonio abad, el ermitaño

El origen del monaquisino lo hallamos en la persona y obra de Antonio, quien nació en el año 251, en la ciudad de Heptanome, en los confines de la Tebaida. Era hijo de una familia rica y respetable, en el seno de la cual recibió su primera educación religiosa. Sus estudios fueron rudimentarios. Finalmente, Antonio se retiró a una lejana región montañosa, donde habitó veinte años entre las ruinas de un viejo castillo. Su fama de gran asceta fue extendiéndose, y por todo el Egipto lo buscaban pidiendo sus consejos, y finalmente consintió en ser el director espiritual de muchos que querían imitarle en el género de vida que había adoptado. Entre éstos hubo no pocos que estaban cansados de un cristianismo que sólo servía para alimentar discusiones teológicas. El Egipto se llenó de estos ermitaños, quienes constituyeron las primeras órdenes monásticas, que se extendiéron por todo Oriente.  A Antonio, acudían de todas partes para someterle sus pleitos y dificultades. En el año 311, bajo la persecución de Maximino, apareció en Alejandría, no buscando el martirio, sino para animar a los que tenían que sufrir. Cumplida su misión, sin ser molestado por los perseguidores, se retiró de nuevo a los desiertos. En el año 352, cuando tenía ya más de cien años de edad, volvió a Alejandría. Todos los habitantes, y aun los sacerdotes paganos, procuraban ver “al hombre de Dios”. Los enfermos buscaban tocar el borde de su vestido esperando ser curador milagrosamente.Regresó de nuevo entre ¡os monjes donde pasó los últimos años, encargando que su cuerpo fuese escondido para que no llegase a ser objeto de superstición.

La idea que tuvieron los primeros ermitaños fue muy pronto olvidada. La gente empezó a creer que la vida recluida era un mérito y que podían ganar el cielo por las mortificaciones del cuerpo. Las penitencias que hacían eran pueriles, pues no conducían a nada práctico, ni servían para el bien ni mejoramiento de ninguno. Se hicieron orgullosos, creyendo que eran superiores a los demás hombres. Para mortificarse inventaron todo género de penitencias. Muchos abandonaron el trabajo por creerlo incompatible con los votos de misticismo que había hecho y se entregaron a la corruptora holgazanería, viviendo de las limosnas de sus admiradores.

San Jerónimo, Francisco Salzillo, Museo de la Catedral de Murcia.

b) Siglo IV. Jerónimo (autor de la Vulgata), a finales del siglo IV, sentaba el principio: Aliae sunt leges Caesaris, aliae Christi; aliud Papinianus, aliud Paulus noster praecepit (Unas son las leyes del César, otras las de Cristo, una cosa ordena Papiniano, otra nuestro Pablo).

San Agustin de Hipona

c)Agustín de Hipona (s.IV), fue quien con mayor insistencia abordó las diferencias entre los iura fori y los iura caeli (derecho del mundo y derecho del cielo) y llegó a escribir:

“Es mayor mal que perezca un alma sin bautismo que el hecho de que sean degollados innumerables hombres, aun inocentes”.

Ya dos veces la conciencia cristiana había protestado contra las ideas paganas que invadían las iglesias. Fueron primeramente los montañistas, pidiendo la rehabilitación del sacerdocio universal de los creyentes; y luego los novacianos, abogando en favor de la pureza de las iglesias y exclusión de los miembros indignos. Una tercera protesta fue hecha por los donatistas.

El milagro de San Donato por José de Ribera, Museo de Picardía.

Un obispo africano, llamado Donato, protestó a raíz de ciertas irregularidades que tenían lugar en Cartago, y los que se unieron a él fueron llamados donatistas. Seguramente, no fue su intención separarse de los otros cristianos, pero las cosas tomaron un giro tal, que toda reconciliación fue imposible. Los donatistas cometieron el error de apelar al emperador y esperar que su protección hiciese triunfar la causa que creían justa. Felizmente tuvieron mal resultado y pudieron aprender que la obra de Dios no se hace con la ayuda del siglo, y llegaron a ser fuertes enemigos de la unión de la iglesia con el estado.

“¿Qué tiene que ver el emperador con la iglesia? —decían—. ¿Qué tienen que hacer los cristianos y los obispos con los reyes y la corte imperial?”

Sobre este movimiento se tienen muy pocos docu­mentos informativos. El Dr. Benedict, llegó al convencimiento de que es falso casi todo lo que se ha escrito en contra de ellos, y formula juicios altamente favorables al carácter cristiano de estas iglesias.

Los concilios habían condenado el anabaptismo, y como los donatistas recibían por medio del bautismo a los que se unían a ellos, quedaron expuestos a las medidas de rigor que el estado empezó a emplear so pretexto de mantener la unidad de los creyentes. La persecución, lejos de abatirlos, aumentaba su fervor, y eran así más estimados, por el pueblo, que los veía sufrir y que tenía en ellos una demostración de viva piedad y santidad cristiana. Algunos, deseosos de verles volver al seno de la catolicidad, entablaron con ellos trato y discusión, sobresaliendo San Agustín, obispo de Hipona, quien escribió un tratado en el que sostenía que el bautismo administrado a los adultos les era sin provecho mientras quedasen fuera de la iglesia universal.

Ellos, le respondieron que la iglesia debía excluir de su seno a los miembros indignos (pecadores manifiestos. basándose en San Pablo en I Corintios, y otros pasajes). Sostenían que una iglesia que no observa estas reglas pierde su carácter de santidad y pureza que le es esencial. Agustín contestó que la disciplina sin duda es un medio eficaz, pero que librar a la iglesia de pecadores, aun manifiestos, era una imposibilidad (parábolas de la cizaña y de la red, dejando la separación para el día final). Ellos contestaron que estas parábolas no se refieren a una mezcla de buenos y malos en las iglesias, sino en el mundo, y que se referían a los hipócritas que se mezclan cubiertamente con los cristianos. Que ellos tampoco pretendían estar completamente separados de toda clase de pecadores, sino de aquellos que llevan una vida manifiestamente mala. La controversia versaba también sobre el empleo de armas para defender los intereses de la causa cristiana, y los donatistas repudiaban a los que se servían del poder civil para perseguir a sus opositores. Por unos tres siglos, los donatistas continuaron siendo muy numerosos en África.

Representación de San Francisco de Asís, en un fresco de Cimabue en la Basílica de Asís, se cree que es la imagen más fiel.

d) San Francisco de Asis: Subsistía, sin embargo, el mensaje original de Jesucristo y su eticidad, apoyado por ej. por san Francisco de Asís, quien legitimaba desde su concepción de la cristiandad, al papado.

e) En la Edad Media: los gibelinos tomaron posición contra la asunción de un poder excesivo por parte del Papa y su intromisión en los asuntos políticos y económicos.

Para el 325, cuando se reunió el primer concilio católico (universal), el cristianismo había asumido varias características que, claramente, no eran escriturarias y podían llamarse “católicas”. Estas incluían la idea de una iglesia universal visible compuesta de los obispos, la creencia de que los sacramentos (como ahora serían llamados) llevaban con ellos una clase mágica de gracia transformadora, el empleo de un sacerdocio especial (clero) que sólo por la ordenación estaría preparado para administrar estos sacramentos, y el reconocimiento de los obispos como oficiales gobernantes (gobierno episcopal). Todas estas características pueden verse en la actualidad en los grupos cristianos que se llaman a sí mismos católicos: católicos romanos, católicos griegos, y católicos anglicanos.

Después de 325 vinieron los fundamentos de un nuevo avance en el desarrollo jerárquico. La oligarquía, el gobierno de muchos obispos, empezó a cambiarse en monarquía, el gobierno de un obispo —el obispo de Roma. Esto no significa que los obispos romanos no estaban entre los obispos sobresalientes de todo el cristianismo antes del 325, porque ya para el año 58 el apóstol Pablo había elogiado a la iglesia de Roma por su excelente reputación por todo el mundo.

Los escritos no canónicos hablan de la influencia del grande, poderoso y generoso cuerpo de los cristianos de Roma. La iglesia se había beneficiado con el ilustre nombre y la historia de la ciudad en la que estaba situada, porque Roma había sido ya el centro del mundo por siglos. Era habitual, inclusive, que las iglesias que tenían problemas escribieran a las iglesias más grandes y con más experiencia sobre asuntos de disciplina y doctrina. Se sabe que la iglesia de Roma recibía muchas de esas peticiones de ayuda. Un buen ejemplo es la carta que la iglesia de Corinto dirigió a Roma en la última década del Siglo I.

La iglesia de Corinto, ejerciendo su prerrogativa como un cuerpo autónomo, había quitado a varios presbíteros que habían sido nombrados por los apóstoles, y en la controversia alguien había escrito a la iglesia de Roma pidiendo consejo. La
respuesta de Clemente, un pastor u obispo de Roma, es probablemente típica de las cartas escritas por muchos obispos a las iglesias que les pedían consejo en tales asuntos. La iglesia de Roma fue más tardía que algunas de las otras en poner a un solo obispo sobre el resto de sus oficiales, aparentemente el obispo Aniceto (154-65), parece ser el primer monarca de la congregación romana.

Ireneo de Lyon

La referencia del obispo Ireneo de Lyon a la tradición apostólica del obispo romano llevaba un énfasis en la rectitud de la doctrina de Roma, más que en la autoridad eclesiástica de Roma. Ireneo, como Cipriano, podía escribir más
elocuentemente de la eminencia del obispo de Roma que lo que podía demostrar. A mediados del Siglo II se desató una disputa entre Roma y ciertos líderes de Asia Menor respecto a la fecha adecuada para observar la Pascua.

Policarpo de Esmirna

La práctica oriental era celebrarla de acuerdo con la luna, sin relación al día de la semana que fuera, mientras que la práctica romana era esperar hasta el siguiente domingo. El obispo Policarpo (un discípulo del apóstol Juan), representando al Oriente, y el obispo Aniceto, representando al Occidente, no pudieron ponerse de acuerdo, y cada uno continuó observando la Pascua de acuerdo con su propia práctica. La controversia se llevó a todas las iglesias y amenazó la paz del mundo cristiano. Se convocaron sínodos (o concilios) en Roma y Palestina en particular, que debatieron los méritos de cada lado, y la práctica de observar la Pascua en domingo fue favorecida en lo general.

Cuando el obispo de Efeso y muchas iglesias de Asia Menor se negaron a cambiar su antigua práctica, con sínodo o sin él, el obispo Víctor de Roma (189-98) los declaró excomulgados. Muy pronto Ireneo censuró a Víctor por su acción, levantando la duda en cuanto a lo que Ireneo realmente creía en cuanto a la ortodoxia y autoridad del obispo romano.

Tertuliano, el presbítero cartaginés que ha sido llamado el padre de la teología católica romana, no simpatizaba con las pretensiones del obispo romano y en 207 rompió con él y se unió al movimiento montanista. Su discípulo Cipriano
también podía escribir elocuentemente acerca del lugar único del obispo de Roma, pero alrededor del año 250 él le dijo vigorosamente al obispo que dejara de entrometerse fuera de la diócesis de Roma. La única superioridad que él le permitía al obispo romano era de dignidad. Es significativo que los donatistas del Siglo IV dirigieran su apelación a un concilio, y después al emperador, pero no al obispo romano.

Para 325, el obispo romano, aunque considerado indudablemente uno de los más fuertes obispos y reconocido por algunos como poseedor de una dignidad inusitada entre los obispos, sin embargo, era uno entre muchos obispos, todos
los cuales, de acuerdo con Cipriano tenían igual autoridad apostólica. El sexto canon del concilio de Nicea (325) reconocía al obispo romano igualdad a los obispos de Alejandría y Antioquía. Es significativo que se haya insertado una
falsificación en la copia de este canon que estaba en poder del obispo romano, que argumentaba que Roma siempre había tenido la primacía. Este piadoso fraude fue descubierto después cuando la copia romana fue comparada con otras copias de los archivos de Nicea. Esto sugiere que el ánimo de los que estaban en Roma era procurar por todos los medios, justos o no, reclamar la preeminencia. No es de maravíllar que muchos eruditos actuales duden del texto de algunos de los escritos más antiguos que han sido preservados por Roma: inserciones y decretos falsos aparecen por toda la historia de la Iglesia Romana en un esfuerzo por alcanzar su posición.

Entre el primer concilio universal de 325 y el cuarto tenido en Calcedonia en 451, sin embargo, el obispo romano puso la base para la monarquía eclesiástica ahora conocida por su título. Hubo muchos factores sobresalientes que formaron parte de este desarrollo.

En el siglo IV cuando el cristianismo empezó a aburguesarse, algunos laicos cristianos se propusieron mantener vivo el sueño de Jesús. Fueron al desierto para hallar la tierra prometida en su propia alma y encontrar a Dios desnudo y vivo. Y lo encontraron. San Juan de la Cruz habla de la noche del espíritu “terrible y temible”. (Boff)

f) Inquisición: Los clericales reaccionaron valiéndose, para mantener el control ideológico de Europa, del Index librorum prohibitorum o Índice de libros prohibidos y de una institución represora con potestad de condenar a muerte, el tribunal de la Inquisición, creado para investigar y combatir la herejía albigense o cátara en 1229. En 1231 la nueva institución poseía ya un ropaje jurídico que fue aprobado por el papa Gregorio IX en febrero del mismo año con la bula Excommunicamus, quedando bajo el control directo del papa y la Orden de Predicadores o de padres Dominicos.

Conclución:

Es al final de este período que observamos como el papado y el clericalismo ya habían tomado forma.

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Bibliografia consultada