CRÓNICAS JESUITAS 1 – RECONQUISTA E INICIOS

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CRÓNICAS JESUITAS 1 – RECONQUISTA E INICIOS

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Gracias a la elección de un jesuita como el nuevo Papa Francisco de todos los católicos, la orden esta de nuevo en boca de las personas. Para bien o para mal, la gente habla de los monjes que, en sigilo, tramitan poder para el Vaticano.

Evangélicos en Patagonia publicará una serie de artículos sobre este famoso grupo religioso y su relación con los protestantes a lo largo de la historia. Ambos colectivos son contemporáneos y se han enfrentado en numerosas oportunidades con la teología, la espada y las misiones.

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No hay nada más complicado que cronicar la historia de los Jesuitas. Dificilmente exista orden católica que se ame u odie tanto como a la Compañia de Jesús. Numerosos blogeros, escritores, periodistas, historiadores, se han ocupado de sus actividades. Sin embargo, muchos informes denotan sesgos por odios, revanchas o bien, afanes apologéticos contrarios a la orden que empañan la ventana por donde atisbar lo histórico. La historia “negra” de los Jesuitas se ha labrado a lo largo de muchos siglos y junto a los desaparecidos Templarios, despierta pasiones y controversias sin fin entre los investigadores. ¿Cómo separar la verdad de la mentira? Hay tantas voces gritando sus “verdades” que averiguar quienes fueron los jesuitas parece una tarea vana.

Íñigo, el fundador
De la guerra al misticismo

Los Jesuitas no habrían existido a no ser por Ignacio de Loyola; nacido en Azpeitia en 1491 y fallecido en Roma en 1556. Este vasco guerrero, debido a una herida en batalla, encontró en Dios suficiente consuelo en sus amargas horas que, en agradecimiento, se aboco a la tarea de servir a Dios. Por supuesto, el proceso no fue lento y demoró algunos años. Nadie pasa a servir al Señor en grandes cosas de la noche a la mañana.

Existen algunas controversias de como fue llamado en principio durante su bautizo. Íñigo López de Loyola argumentan algunos. Pero entre los Jesuitas se dice que también se lo conocía como Íñigo López de Recalde. Aparentemente su nombre no le gustó ya que se lo cambió por Ignacio. Esta modificación se discute en que momento se produjo pero tiene que haber sido luego de 1537 ya que a partir de ese año, firma sus cartas como Ignacio o en su versión latina Ignatius.

Aún así, lo solía alternar con Íñigo al que dejará definitivamente de utilizar en 1542 a excepción de una vez, en 1546. Algunos historiadores suponen que el cambio se debió a la devoción de Loyola por Ignacio de Antioquía. Vivió once años en Castilla bajo la protección del Consejero Real y Contador Juan Velázquez de Cuéllar. En 1517 comienza a servir al duque de Nájera don Antonio Manrique de Lara, Virrey de Navarra. Entre 1520 y 1522 participa en las Guerras de las Comunidades de Castilla.

Luchando en el bando castellano, Loyola se encontraba en Pamplona matando enemigos cuando aparecieron en el horizonte, tropas franco-navarras que arribaban para combatirlos. En la batalla que sigue a continuación, es herido por una bala de cañón que le inutiliza temporariamente las dos piernas.

Mientras se recupera de las dolorosas heridas, alguien le alcanza el libro La vida de Cristo de Ludolfo de Sajonia. Y a la par que lee, comienza a despertar en él, la vocación de servir en el ámbito religioso. Sin embargo no sería hasta tener una visión de la Virgen María -dicen las crónicas- que decide definitivamente abandonar la vida de soldado para dedicarse al sacerdocio. Se dice que sufrió de misticismo en esos días.

Mal vestido y descalso, vivió en Manresa -previo paso por Barcelona donde abandona definitivamente sus ropas militares- de la caridad casi diez meses en una cueva. Luego de rezar y ayunar, entiende que su vida no es la de peregrinar en soledad sino servir a los demás. Esta convicción lo lleva a Roma y luego a Jerusalén. De regreso a Barcelona y por consejos de amistades entre quienes se encuentra Isabel Roser decide estudiar. Se inscribe en Alcalá de Henares y consigue un trabajo de cocinero y enfermero en el Hospital de Antezana.

Íñigo, en búsqueda de Dios

Para entonces ya había desarrollado sus ejercicios espirituales -que aún siguen vigentes en la orden- que no son bien recibidos por todos. Sospechado de herejía debe comparecer antes las autoridades que no encuentran en ellos, nada fuera de la ley. Sin embargo, para Loyola, el ser encarcelado por algo que consideraba sumamente cristiano, le provoca enojos y decide mudarse a Paris. En 1528 ingresa a la Universidad de esa ciudad donde estudiará por siete años. Se destaca en teología y literatura a la par que comienza a hacer amigos.

Hacia 1534 se reunían a rezar y compartir charlas sobre las cosas de Dios seis muchachos que serían futuros miembros de la nueva orden. Estos eran: Francisco Javier, Pedro Fabro, Alfonso Salmerón, Diego Laínez, Nicolás de Bobadilla y Simão Rodrigues. Conviene remarcar en este principio, un detalle que será el estandarte de la orden. La educación. La compañía de Jesús fue fundada por un militar que además, era un académico que amaba los libros y estudiar.

Finalmente, el 15 de agosto de 1537 convocados en Montmartre, luego de rezar, fundaron la Sociedad de Jesús. Luego, deciden viajar a Itala en busca de la autorización papal para más tarde, peregrinar a Tierra Santa. Al regreso, Loyola pasa un tiempo en España visitando familiares y amigos para luego dirigirse a Venecia donde vivirá un año aproximadamente mientras esperaba el visto bueno del Papa. Cuando consigue la aprobación del Papa Pablo III se ordena sacerdote. Posteriormente se dirige a Roma con la idea de viajar otra vez a Tierra Santa pero las revueltas bélicas en la región, lo obliga a ponerse a las órdenes del Vaticano.

Íñigo y la visión de la Trinidad

Durante este viaje se produce un hecho raro en la vida de Loyola. El afirma haber tenido una visión de la Trinidad en la localidad de La Storta. Según su testimonio, afirmó haber visto que el Padre dirigiéndole la palabra al Hijo mientras le decía: “Yo quiero que tomes a éste como servidor tuyo” y que Jesús mirándolo le dijo: “Yo quiero que tú nos sirvas”. Por supuesto, el lector juzgará positiva o no, lo “afortunada” de esta aparición.

Interesante el hecho que Loyola afirma haber visto a la “Trinidad” a semejanza de lo visto por el proto mártir Esteban, líder de los siete diáconos de la iglesia cristiana primitiva, ordenado por los apóstoles de Jesús. Este buen cristiano de raza hebrea halló la muerte luego de confrontar al Sanedrín en defensa de la fe cristiana. Fue lapidado en las afueras de Jerusalén mientras el futuro apóstol Pablo -aún no se había convertido- alentaba a que lo asesinaran. (Esta visión de Loyola no sería la primera. Recordemos que ya había sido testigo de la aparición de la Virgen María con el niño Jesús). El lector se preguntará :¿adónde está el Espíritu Santo en esta visión trinitaria?
Bueno, supuestamente dentro del cuerpo de Loyola facilitando la visión, responderán los fieles católicos. (Es la misma respuesta que dan los protestantes evangélicos, por curioso que parezca, cuando preguntan sobre la visión de Estaban al morir quien afirmo ver a Jesús a la derecha de la Gloria de Dios. El Espíritu Santo en esos momentos finales, estaba dentro del cuerpo de Esteban. (Hechos 7: 55-60) Uno se queda tentado de preguntar si Loyola no tomó de las Escrituras la inspiración para inventar una aparición).

Sin duda, lo “conveniente” de la visión no puede dejar de subrayarse. Que Loyola tuviera semejante bendición, en momentos en que varios cardenales discutían si darle o no el permiso para formar la Compañía, no puede soslayarse. Los escépticos y con razón, argumentarán que este portento no fue más que un invento del vasco devenido en místico con el fin de acelerar el proceso y darle una pátina de brillo divino a sus propósitos. ¿Quién se atrevería a oponerse a lo que pretendía si el mismo Padre aparecía en escena y Cristo mismo lo convocaba a servir? Es posible…

Luego de algunos debates, los cardenales en Roma aprobaron la constitución de la nueva orden y Paulo 3 la confirmó mediante la bula Regimini militantis en septiembre de 1540. Tres años más tarde otra bula, la Injunctum nobis, levanta la prohibición de no reclutar mas de 60 miembros dándole la oportunidad de comenzar a aceptar mas miembros. Con esto daba comienzo la Societas Iesu o Compañía de Jesus. El mundo los amará y odiará con el mismo fervor llamándolos Jesuitas.

Íñigo y la reconquista católica

Entre los evangélicos los jesuitas tienen muy mala fama. Son vistos como los “ogros” que, mediante mil astucias y artimañas, detuvieron el avance protestante en los reinos mediterráneos. Los autores católicos afirman que Loyola no tuvo en mente formar una milicia religiosa dedicada a combartir pura y exclusivamente a los luterano sino colaborar para fortalecer la fe católica que venía perdiendo territorios sobre todo en Europa. Sin embargo es imposible imaginar a la orden de brazos cruzados cuando los protestantes se apoderaban de las almas de inmensos territorios que antes tributaban al catolicismo romano. Sobre todo cuando la violencia pasó de la amenza a los hechos.

Cuando Loyola funda la orden de los Jesuitas, Europa ya estaba repartida entre dos bandos religiosos antagónicos. Por un lado el protestantismo que se propagaba veloz por Alemania y reinos vecinos y el catolicismo arrinconado en los reinos mediterráneos. Aún no se había reconocido el derecho de los protestantes a ejercer su fe libremente (esto recién ocurriría en 1555) y ambos grupos parecían destinados a una guerra generalizada por toda Europa, cosa que finalmente con el tiempo se produjo y cuyo desarrollo y consecuencia será tema de otro artículo.

Existen algunos protestantes que aún creen que la Reconquista católica comenzó gracias a los Jesuitas. Esto no es verdad. La reacción del Vaticano había comenzado mucho antes que Loyola llegara a la escena religiosa. Recordemos que Lutero ya había comenzado a oponerse a las Indulgencias en 1516 de modo que justo es reconocer, Loyola llega dentro de una amplia reacción católica pero no fue ni inspirador tampoco iniciador de ninguna contrareforma. Fue parte de la misma y nada más.

Sin embargo, cuando Paulo 3 convocó al Concilio de Trento en 1545 la compañía de Jesús que llevaba ya, 5 años de existencia, tuvo una destacada participación gracias a los jesuitas Diego Laínez, Alfonso Salmerón y Francisco Torres.

Reunidos todos los cardenales y obispos comenzaron los meas culpas, recriminaciones, estudios de situación y propuestas de como encarar el avance del protestantismo que por entonces, amenazaba con instalarse con fuerza en Italia inclusive. Los debates fueron largos, nada menos que 18 años. En todo este tiempo, doctrinalmente se condenó todos los principios de la fe protestante y se fijó el dogma católico.

Frente a la sola fe, sola escritura de Lutero, se oficializó la necesidad de las obras junto con la fe para demostrar que el Espíritu Santo estaba presente y no había abandonado al catolicismo. Simultáneamente se declaró que si bien el cristianismo tiene sus bases en la Biblia esta no podía ser interpretada por fuera de la iglesia. Con esto se instaló la censura en materia de libre interpretación de las Escrituras. Hasta el día de la fecha, aunque ya no hay restricciones al respecto, la mayoría de los católicos asisten a misa desprovistos de la Biblia. Tal fue el arraigo de la costumbre instalada a fuerza de miedos. Cualquiera que leyera las Escrituras por si mismo en el catolicismo de esos días de inmediato era sospechado o tenido por hereje.

En cuanto a la disciplina esclesíastica, muy deteriorada por causa de las anteriores administraciones que se dedicaron a lucrar con la venta de cargos y puestos eclesiásticos, se restauró la obediencia al Papa y se mejoró la capacitacion de los monjes. Fue en este contexto de necesidad de mejorar la educación que llegaron los jesuitas a descollar. Como universitarios, estaban mejor preparados que las demás órdenes, para educar a las clases gobernantes y así lo hicieron donde quiera que fueron.

Por ejemplo, estuvieron involucrados en Polonia donde el monarca Segismundo III apodado “el rey de los jesuitas” descolló con un fanatismo mortal en contra de los que habían adherido a la reforma. Sin embargo, apuñalado por la espalda por el belicismo de los ortodoxos eslavos que no iban a permitir el avance católico hacia las estepas rusas y al entender que no podía luchar contra dos enemigos formidables, no le quedó otra que respetar los postulados de la Confederación de Varsovia en 1572 reconociendo las confesiones ortodoxa y protestante.

El Concilio decidió que la jerarquía debería reunir condiciones éticas intachables, capacitar en seminarios a todos los religiosos -aquí los jesuitas tuvieron otra activa participación- y se exigió celibato clerical. Se prohibió a obispos tener bienes terrenales y se les obligó a vivir en sus diócesis.

Para contrarestar la teología protestante, se impuso la necesidad de la iglesia como mediadora (los protestantes afirmaban que solo Cristo es mediador entre el Padre y los hombres), la necesidad mediadora de la iglesia como cuerpo de Cristo para obtener la salvación de las almas (este punto horrorizó a los protestantes que vieron aquí una herejía ya que solo Cristo salva según las Escrituras), se re afirmó la autoridad Papal como cabeza de la iglesia (algo que tampoco fue del agrado protestante quienes argumentaron que la única cabeza era Cristo) además de enviar a los párrocos la órden de predicar domingos, días festivos y registrar nacimientos, matrimonios y fallecimientos. Con esto, se aseguraba la iglesia católica, un control más efectivo de mentes y corazones de la población además de vigilar la fidelidad de las masas.

Se convalidó los siete sacramentos y se insistió que la fe sin obras no era lícita – esto en contra de las enseñanzas de Lutero quién afirmaba que el hombre se salva por fe y no por obras y que estas no eran sino, testimonios de la fe- y se dedicó tiempo a la refutación de la predestinación de las almas, enseñanzas de Calvino. La iglesia católica argumentó en contra que si bien el pecado original existe, este no destruye la naturaleza humana sino que simplemente la daña.

Los protestantes replicaron que el pecado no solo destruye sino que separa definitivamente al hombre de Dios a punto tal que ninguno, si el Padre no lo llama, puede acercar al único camino, verdad y vida, que es Cristo. Todos estos principios fueron resumidos en el Catecismo del Concilio de Trento. Quizás, la medida más siniestra de este evento, fue la restauración de la Inquisición que había sido empleada por primera vez en el siglo XIII en Francia, para contrarrestar a los llamado herejes albigenses.

Instalada en España en 1478, se propagó hacia Europa y las Américas con la rara denominación de Santo Oficio. (Extraño nombre en verdad, puesto que autorizaba el uso de torturas y tormentos para obtener confesiones).

Marc Pesaresi

Bibliografía consultada

  • Hsia; R. Po-Chia: El mundo de la renovación católica; Ediciones Akal S.A.; Madrid; España; 2010.
  • O`Malley; John W.: Los primeros Jesuitas; Ediciones Mensajero y Editorial Sal Terrae; España; 1993.
  • O’Neill; Charles Edwards; Domínguez; Joaquín María: Diccionario histórico de la Compañía de Jesús; Madrid; España; 2001

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cit en http://patagoniayprotestante.blogspot.com.ar/2013/03/cronicas-de-los-jesuitas-1-reconquista.html

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