SAN AGUSTÍN. Obispo de Hipona.

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SAN AGUSTÍN. Obispo de Hipona 

Doctor de la Iglesia, obispo de Hipona

San Agustín es considerado el más grande de los Padres de la Iglesia, un gran filósofo y teólogo; la obra de este santo fue fundamental para el posterior desarrollo de la filosofía, la teología y el pensamiento en general en Occidente.

Agustín nació en Tagaste (Argelia) el 13 de noviembre del año 354. Su padre, Patricio, era pagano. Su madre, Santa Mónica, fue un modelo acabado de esposa y madre cristiana: sus virtudes ejemplares, su sufrimiento y su oración conseguirían, primero, la conversión de su marido, quien se bautizó a la hora de la muerte, y, después, la de sus hijos. Santa Mónica ejerció sobre Agustín una influencia decisiva. Éste nos ha dejado en sus Confesiones el mejor elogio de su madre. Sin embargo, como él mismo relata en dicha obra, la juventud de Agustín se distinguiría por una conducta de libertinaje, junto con una búsqueda incesante de la verdad.

San Agustín y Santa Mónica

Cursó estudios en su ciudad natal,Tagaste, y posteriormente en Manila yCartago. A los 17 años se procuró una concubina, con la que tuvo un hijo. La lectura del Hortensiode Cicerón, despertó en él la vocación filosófica. Fue maniqueo puritano desde los diecinueve años hasta los veintinueve.

Decepcionado por el maniqueísmo, que concebía al mundo como una oposición sostenida entre los principios del bien y del mal, fue a Roma en el año 383, abrió escuela de retórica y se entregó al escepticismo académico.

Al año siguiente ganó la cátedra de Retórica de Milán. En esta ciudad acudió a escuchar los sermones de San Ambrosio, quien influyó mucho en la vida de Agustín al hacerle cambiar de opinión sobre la Iglesia católica, la fe, la exégesis y la imagen de Dios.

Tuvo contacto con un círculo de neoplatónicos de la capital, uno de cuyos miembros le dio a leer las obras de Plotino y Porfirio, que determinaron su conversión intelectual.

La conversión del corazón sobrevino poco después, en septiembre de 386, de un modo inopinado. Al año siguiente, su madre, Santa Mónica, quien tanto influyera con su oración y sufrimiento en la conversión de su hijo, murió en OstiaItalia.

Deseoso de ser útil a la IglesiaAgustín volvió a su continente natal, África, y comenzó a planear una reforma de la vida cristiana. Tres años más tarde fue ordenado presbítero enHipona para ayudar a su anciano obispo Valerio. Éste, en 396, le consagró obispo, y a su muerte el año siguiente Agustín le sucedió en la sede episcopal. Bajo su orientación la Iglesiaafricana, derrotada, recobró la iniciativa.

Agustín fue desarmando y desenmascarando las herejías que estaban más difundidas en la época. Los últimos años de su vida se vieron turbados por la guerra. Los vándalos sitiaron su ciudad y tres meses después, el 28 de agosto de 430, murió en pleno uso de sus facultades y de su actividad literaria.

Era de constitución fuerte y sana, como lo demuestran sus actividades, trabajos, viajes y serena ancianidad; sus enfermedades se debieron a constantes excesos de fatiga, ascesis y apostolado. La ilusión de su vida fue la verdad para todos los hombres. Pendiente de sus circunstancias, vivió luchando, aunque era de carácter sereno y apacible. Convirtió su pequeña diócesis en corazón de la cristiandad. Hoy sus restos mortales descansan en Pavía. Comúnmente es representado con traje de obispo o de monje, llevando en la mano un libro, un corazón o una iglesia.

Sus numerosas obras nos han llegado casi en su totalidad y en buen estado. En ellas trata muy diversos temas, desde los que hablan de su propia vida, como las Confesionesy los Soliloquios, hasta varias obras de tema moral y ascético, pasando por otras de carácter exegético y muchas apologéticas —entre ellas La Ciudad de Dios— y con argumentos contra el maniqueísmo y las principales herejías de su tiempo.

La vocación de San Agustín, su misión, consistió en recoger, coordinar, asimilar y transmitir dos culturas, la grecorromana y la judeocristiana. Lo realizó tan perfectamente, que se constituyó en genio de Europa. Marcó una nueva ruta al pensamiento y su influjo en la espiritualidad cristiana ha sido notable.

Tenía grandes cualidades humanas: inteligencia poderosa para la síntesis y el análisis, voluntad ardiente e indomable, sensibilidad tierna y viril, vitalidad exuberante, imaginación creadora, iniciativa inagotable, estilo encantador, sentido del humor y del ridículo.

Fue el primer filósofo que adaptó una teología racional a los tres problemas radicales de la existencia, la verdad, el ser y el bien; y casi el primer teólogo que confió en una filosofía crítica, frente a los dogmatismos y fideísmos ilusorios, considerando el entendimiento como revelación natural.

Hombre de una sola pieza, unificó su vida, sus obras y sus intenciones en un sistema vivo y dialéctico, a veces implícito. Teoría y práctica son en él dos formas de una sola postura, si bien es exagerado decir que sus teorías son generalizadoras de sus experiencias. Cada tesis tiene valor desde su fundamento, pero el fundamento florece en cada tesis. Su obra podría definirse como antropología teológica, y, en este sentido, podría hablarse de un humanismo cristiano: la condición humana es su punto de partida, incluso para demostrar la existencia de Dios.

La posteridad ha venerado siempre a este gran genio, y muchas ciencias humanas encuentran en su pensamiento muchas de sus bases y postulados de fondo. Se le ha reconocido el ser un pensador evolutivo, teológico y católico.

Consejos de San Agustín a los jóvenes

Quiero compartir con Uds. estos consejos de San Agustín, Padre y Doctor de la Iglesia, que él una vez impartió a los jóvenes.

- Si te dedicas al estudio, debes mantenerte limpio de cuerpo y de espíritu; alimentarte de comida sana, vestirte con sencillez y no consumir superfluamente.

- A la sobriedad en las costumbres le debe corresponder la moderación en las actitudes, la tolerancia en el trato, la honradez en el comportamiento y la exigencia para contigo mismo.

- Ten siempre presente que la obsesión por el dinero es veneno que mata toda esperanza.

- No actúes con debilidad, ni tampoco con audacia.

- Aleja de ti toda ira, o trata de controlarla, cuando corrijas las faltas de los demás.

- Sé el centinela de ti mismo: vigila tus sentimientos y tus deseos para que no te traicionen.

- Reconoce tus defectos y procura corregirlos.

- No seas excesivo en el castigo, ni tacaño en el perdón.

- Sé tolerante con los que tienden a mejorar, y precavido con los que tienden a empeorar.

- Ten como  a miembros de de la familia a los que están bajo tu potestad.

- Sirve a todos de tal modo que te avergüence dominar, y domina de modo que te agrade servir.

- No insistas ni molestes a los que no quieren corregirse.

- Evita cuidadosamente las enemistades, sopórtalas alegremente, termínalas inmediatamente.

- En el trato y en la conversación con los demás, sigue siempre el viejo proverbio: “no hagas a nadie lo que no quieras te hagan a ti”.

- No busques puestos de mando, si no estás dispuesto a servir.

- Procura progresar siempre, no importa la edad y las circunstancias en las que te encuentres.

- Durante toda tu vida, en todo tiempo y lugar, ten amigos de verdad, o búscalos.

- Da honor a quien se lo merece, aunque el no lo desee.

- Aléjate de los soberbios; esfuérzate tú por no serlo.

- Vive con dignidad y en armonía con todo y con todos.

- Busca a Dios; que su conocimiento llene toda tu existencia, y su amor colme tu corazón.

- Desea la tranquilidad y el orden para desarrollar tu estudio y el de tus compañeros.

- Pide para ti y para todos, una mente sana, un espíritu sosegado y una vida llena de paz.

La vocación de San Agustin

“MAÑANA, MAÑANA”, VOCACIÓN DE SAN AGUSTÍN

Alfonso Aguiló

MONEDA QUE ESTÁ EN LA MANO, TA L VEZ SE DEBA GUARDAR.

LA MONEDITA DEL ALMA SE PIERDE SI NO SE DA . ANTONIO MACHADO

—¡TARDE TE AMÉ! ESTABAS DENTRO DE MÍ, Y YO TE BUSCABA POR FUERA…

Agustín de Tagaste era un joven y brillante orador, dotado de una gran

inteligencia y un corazón ardiente. Su adolescencia transcurrió entre diversas

escuelas de Madaura, Tagaste y Cartago, de manera un tanto turbulenta.

Durante años anduvo sin apenas rumbo moral en su vida, muy influida por

amistades poco recomendables: «Mientras me olvidaba de Dios —dice de sí

mismo—, por todas partes oía: ¡Bien, bien!».

«Yo ardía en deseos de hartarme de las más bajas cosas y llegué a envilecerme

hasta con los más diversos y turbios amores; me ensucié y me embrutecí por

satisfacer mis deseos. Me sentía inquieto y nervioso, solo ansiaba satisfacerme

a mí mismo, hervía en deseos de fornicar. (…) ¡Ojalá hubiera habido alguien

que me ayudara a salir de mi miseria…!».

No era feliz: «Sabía que Dios podía curar mi alma, lo sabía; pero ni quería, ni

podía; tanto más cuanto que la idea que yo tenía de Dios no era algo real y

firme, sino un fantasma, un error. Y si me esforzaba por rezar, inmediatamente

resbalaba como quien pisa en falso, y caía de nuevo sobre mí. Yo era para mí

mismo como una habitación inhabitable, en donde ni podía estar ni podía salir.

¿Dónde podría huir mi corazón que huyese de mi corazón? ¿Cómo huir de mí

mismo?».

Buscaba la verdad en diversas ideologías. Habló con las figuras intelectuales

más destacadas para encontrar respuesta a las situaciones culturales y sociales

de su época. Pasaba de maestro en maestro y de ideología en ideología. Pero

nada le llenaba el corazón. Leía incesantemente. Triunfó dando clases y

conferencias, hasta convertirse en un personaje de moda. Era un pensador

influyente al que llamaban de todos los sitios.

Estando en Milán, en el año 384, acudía, sin demasiada buena disposición, a

escuchar las homilías de Ambrosio, obispo de la ciudad. Ambrosio era un

hombre de una gran talla intelectual, y Agustín estaba interesado en su

oratoria, no en su doctrina, pero «al atender para aprender de su elocuencia

—explicaba—, aprendía al mismo tiempo lo que de verdadero decía». Le

parecía que aquel hombre explicaba de un modo distinto los pasajes de la

Sagrada Escritura que él ridiculizaba en sus clases y que ahora le empezaron a

parecer verdaderos.

El 1 de enero del año 385 se estaba preparando para hablar ante toda la Corte

del Emperador Valentiniano, instalada por entonces en aquella ciudad. Agustín

estaba consiguiendo sus propósitos de triunfar gracias a su elocuencia, pese a

ser aún muy joven. Pero notaba que algo en su vida estaba fallando. «Al volver

—escribiría más adelante—, y pasar por una de las calles de Milán, me fijé en un

pobre mendigo que, despreocupado de todo, reía feliz. Yo, entonces,

interiormente, lloré».

Una cascada de sentimientos se desbordó en el corazón de Agustín. Caminaba,

como siempre, rodeado de un grupo de amigos. «Les dije que era nuestra

ambición la que nos hacía sufrir y nos torturaba, porque nuestros esfuerzos,

como esos deseos de triunfar que me atormentaban, no hacían más que

aumentar la pesada carga de nuestra infelicidad».

«No hago más que trabajar y

trabajar para lograr mis

objetivos, y cuando los

consigo, ¿soy más feliz? No.

Tengo que seguir bregando

contra todo y contra todos

para mantenerme en mi

puesto. Mientras tanto, ese

tipo vive tan contento sin

tener nada… Bueno; no sé si

estará contento, no sé si será

realmente feliz, pero, desde

luego, el que no soy feliz soy

yo… No es que me guste su

vida, ¡es mi vida la que no me

gusta! He conseguido un

estatus, una posición

económica y cultural… ¿y

qué?». «No compares —le

dijeron sus amigos—. Ese tipo

se ríe porque habrá bebido. Y

tú tienes todos los motivos

para estar feliz, porque estás

triunfando…».

Sí, estaba triunfando, pero

aquellos éxitos en su cátedra y

en sus conferencias, más que

alegrarle, le deprimían. «Al

menos —se decía— ese mendigo se ha conseguido el vino honradamente

pidiendo limosna, y yo… he alcanzado mi estatus a base de traicionarme a mí

mismo. Si el mendigo estaba bebido, su borrachera se le pasaría aquella misma

noche, pero yo dormiría con la mía, y me despertaría con ella, y me volvería a

acostar y a levantar con ella día tras día».

La crisis se había desencadenado. Pero la lucha no había hecho más que

empezar, llena de vacilaciones. «La fe católica me da explicaciones a lo que me

pregunto…; sin embargo, ¿por qué no me decido a que me aclaren las demás

cosas?».

En su vida moral seguía haciendo lo que le apetecía. Deseaba salir de aquella

situación, pero, a la vez, se sentía incapaz. «Si uno se deja llevar por esas

pasiones, al principio se convierten en una costumbre, y luego en una

esclavitud…».

Era un esclavo de esas pasiones, lo reconocía. Por eso, el tiempo pasaba y

Agustín se resistía a cambiar. «Deseaba la vida feliz del creyente, pero a la vez

me daba miedo el modo de llegar a ella». «Pensaba que iba a ser muy

desgraciado si renunciaba a las mujeres…». «¡Qué caminos más tortuosos! Ay

de esta alma mía insensata que esperó, lejos de Dios, conseguir algo mejor.

Daba vueltas, se ponía de espaldas, de lado, boca abajo…, pero todo lo

encontraba duro e incómodo…».

Agustín va poco a poco logrando vencer la sensualidad y la soberbia, pero se

encuentra también con otro poderoso enemigo: «Me daba pereza comenzar a

caminar por la estrecha senda». «Todavía seguía repitiendo como hacía años:

mañana; mañana me aparecerá clara la verdad y, entonces, me abrazaré a

ella».

El proceso de su conversión pasó —según contaría él mismo en su libro “Las

Confesiones”— por multitud de pequeños detalles. El paso definitivo se produjo

un día de agosto del año 386, en que recibió la visita de su amigo Ponticiano.

Tuvieron una animada conversación. En un momento dado, Ponticiano le contó la

historia de un monje llamado Antonio, y luego, viendo el creciente interés de

Agustín, una anécdota suya personal. Le contaba esas cosas con intención de

acercarle a Dios, pero probablemente no sospechó el fuerte influjo que

produjeron en Agustín. «Lo que me contaba Ponticiano me ponía a Dios de

nuevo frente a mí, y me colocaba a mí mismo enérgicamente ante mis ojos para

que advirtiese mi propia maldad y la odiase. Yo ya la conocía, pero hasta

entonces quería disimularla, y me olvidaba de su fealdad». «Me puso cara a

cara conmigo mismo para que viese lo horrible que era yo.»

Mientras su amigo hablaba, Agustín pensaba en su alma, que encontraba tan

débil, oprimida por el peso de las malas costumbres que le impedían elevarse a

la verdad, pese a que ya la veía claramente. «Habían pasado ya muchos años,

unos doce aproximadamente, desde que cumplí los diecinueve, desde aquel año

en que por leer a Cicerón me vi movido a buscar la sabiduría.»

«Había pedido a Dios la castidad, aunque de este modo: “Dame, Señor, la

castidad y la continencia, pero no ahora”, porque temía que Dios me escuchara

demasiado pronto y me curara inmediatamente de mi enfermedad de

concupiscencia, que yo prefería satisfacer antes que apagar.» «Se redoblaba mi

miedo y mi vergüenza a ceder otra vez y no terminaba de romper lo poco que

ya quedaba».

Ponticiano terminó de hablar, explicó

el motivo de su visita, y se fue. El

combate interior de Agustín se

acercaba a su final. Cada vez faltaba

menos, pero «podía más en mí lo

malo, que ya se había hecho

costumbre, que lo bueno, a lo que

no estaba acostumbrado.»

Se decía: «¡Venga, ahora, ahora!».

Pero cuando estaba a punto… se

detenía en el borde. Era como si los

viejos placeres le retuviesen,

diciéndole bajito: «¿Cómo? ¿Es que

nos dejas? ¿Ya no estaremos

contigo, nunca, nunca? ¿Desde

ahora ya no podrás hacer eso… , ni

aquello? ¡Y qué cosas, Dios mío, me

sugerían con las palabras eso y

aquello!». Los placeres seguían

insistiéndole: «¿Qué? ¿Es que

piensas que vas a poder vivir sin

nosotros, tú? ¿Precisamente tú…?».

Miró a su alrededor. Muchos lo

habían logrado. «¿Por qué no voy a

poder yo —se preguntó— si éste, si

aquel, si aquella, han podido?».

Salió con su amigo Alipio al jardín de

la casa. «¡Hasta cuándo —se

preguntaba—, hasta cuándo,

mañana, mañana! ¿Por qué no hoy?

¿Por qué no ahora mismo y pongo

fin a todas mis miserias?». Mientras

decía esto, oyó que un niño gritaba

desde una casa vecina: «¡Toma y

lee! ¡Toma y lee!». Pensó que Dios

se servía de ese chico para decirle

algo. Corrió hacia el libro, y lo abrió al azar por la primera página que encontró.

Leyó en silencio: «No andéis más en comilonas y borracheras, ni haciendo

cosas impúdicas. Dejad ya las contiendas y peleas. Revestíos de Nuestro

Señor Jesucristo, y no busquéis cómo contentar los antojos de la carne y de

sus deseos.»

Cerró el libro. Esa era la respuesta. No quiso leer más, ni era necesario.

«Como si me hubiera inundado el corazón una fortísima luz, se disipó toda la

oscuridad de mis dudas». Cuando se tranquilizó un poco se lo contó a Alipio,

que quiso ver lo que había leído. Se lo enseñó y su amigo se fijó en la frase

siguiente del texto de la Escritura, en la que no había reparado. Seguía así:

«Recibid al débil en la fe».

«Después entramos a ver a mi madre, se lo dijimos todo y se llenó de alegría.

Le contamos cómo había sucedido, y saltaba de alegría y cantaba y bendecía a

Dios, que le había concedido, en lo que se refiere a mí, lo que constantemente le

pedía desde hacía tantos años, en sus oraciones y con sus lágrimas».

A los pocos meses, en la Vigilia Pascual, recibieron el bautismo Agustín, su hijo

y su amigo. Años después, escribiría: «Tarde te amé, Belleza, tan antigua y tan

nueva, ¡tarde te amé! Estabas dentro de mí, y yo te buscaba por fuera… Me

lanzaba como una bestia sobre las cosas hermosas que habías creado. Estabas

a mi lado, pero yo estaba muy lejos de Ti. Esas cosas… me tenían esclavizado.

Me llamabas, me gritabas, y al fin, venciste mi sordera. Brillaste ante mí y me

liberaste de mi ceguera… Aspiré tu perfume y te deseé. Te gusté, te comí, te

bebí. Me tocaste y me abrasé en tu paz».

El camino de San Agustín hacia la conversión refleja muy bien la tendencia de

todo hombre a retrasar las decisiones que vemos bastante claras con la

cabeza pero a las que se opone la resistencia de nuestras pasiones. Su relato

autobiográfico es uno de los mejores testimonios que se han escrito sobre los

problemas, angustias y búsquedas que supone la lucha contra esa resistencia

interior. Una lucha que acabó en victoria, y que ha supuesto para la humanidad

un personaje tan insigne como San Agustín, un gran pensador y un gran santo,

cuyos escritos filosóficos y teológicos constituyen una referencia ineludible en la

historia del pensamiento.

Muchas veces, las llamadas de Dios chocan contra ese muro en nuestro

interior, que retrasa nuestras respuestas, desvía nuestra mirada y nos hace

repetir, como Agustín: ¡mañana!, ¡mañana! Muchas veces ese “mañana” acaba

por ahogar en su mismo nacimiento la llamada del Señor.

—A VECES SUCEDERÁ, PERO EN OTRAS

OCASIONES SERÁ PRUDENTE ESPERAR.

ES LÓGICO TOMARSE TIEMPO PARA

LAS COSAS QUE SON IMPORTANTES.

Si nos tomamos tiempo para considerar

con calma las cosas en la presencia de

Dios, para reflexionar y obrar con madurez

y libertad, es algo no solo prudente sino

lógico y necesario. Pero si nos tomamos

ese tiempo para ver si así se diluyen las

cosas y se pierde la voz del Señor en el

ruido de fondo de nuestra vida, entonces

nos estamos autoengañando, como

explicaba San Agustín. Quizá entonces, a

ese “mañana, mañana…” haya que

encararse pensando si no es nuestro hoy

precisamente el que nos pide Dios.

Además, todos esos “mañanas” no

podemos tenerlos tan seguros. San Luis

Gonzaga murió a los veintitrés años, San

Estanislao de Kostka a los dieciocho, San Juan Berchmans a los veintidós,

Santa Teresa de Lisieux a los veinticuatro, y así muchos más. Dios puede llamar

a cualquier edad, pero si nos llama en la juventud, hemos de agradecerlo como

una predilección muy especial. Algunos piensan lo contrario, y creen que es

mejor dejar pasar esos años, disfrutar de la juventud lejos de

responsabilidades y compromisos, pero quienes han descubierto pronto esa

llamada saben que no se cambian por nadie.

Además, si se entiende bien lo que supone descubrir la vocación, es decir,

conocer el designio de Dios para nuestra vida, lo propio no es la espera, sino la

esperanza. Hemos de fomentar la esperanza de ese encuentro con Dios. La

espera puede aguardarse durmiendo, la esperanza, caminando. La espera es un

sillón; la esperanza, una bandera. La espera, un refugio cómodo; la esperanza

cristiana, una virtud aguerrida.

—PERO NO SE PUEDE METER PRISA.

Con el frío, muchas plantas se hielan. Y así pasa con tantas vocaciones que

dejan pasar el tiempo sin responder a Dios. Si lo consideramos en el silencio de

la oración, quizá encontremos que los verdaderos tiempos de Dios implican un

sentido de urgencia. Si pensamos en tantas personas que aún no conocen a

Dios, en todas las que le conocen pero no le aman, y en todas las que le odian,

y en las que mueren sin haber oído siquiera hablar de Él, quizá entonces

entendemos que puede haber algo de esa urgencia divina.

No es cuestión de meter prisa a nadie, sino de asegurar que con el paso de los

días y los meses, y quizá los años, no estamos dejando pasar nuestra hora. Hay

que pensar las cosas con calma, pero sin eternizarse en la respuesta.

—PERO NUNCA PUEDE SER BUENA LA PRECIPITACIÓN DE UNA RESPUESTA INMEDIATA.

La preparación y la buena predisposición no son inmediatas, sino meditadas y

maduradas. Pero la respuesta puede ser inmediata, como lo fue, por ejemplo,

la respuesta de la Virgen al anuncio del ángel, en esa entrañable escena de la

Anunciación. Nadie calificaría de precipitada a Santa María por contestar con su

«Hágase en mí según tu palabra» en unos pocos segundos. Los requerimientos

de Dios a veces piden una respuesta rápida.

En el Evangelio se lee también que Nuestro Señor encontró a Simón Pedro y a

Andrés echando las redes al mar y les llamó: «Venid conmigo y os haré

pescadores de hombres». «Y ellos, enseguida, dejando las redes, lo siguieron».

Y lo mismo sucedió poco después con Santiago y Juan, «que estaban en la

barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al

instante, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron.» El Señor les pidió dejarlo

todo, y ellos respondieron con prontitud, sabiendo jugarse todo a una sola

carta, la carta del amor de Dios.

Es verdad que la respuesta a la vocación puede requerir tiempo. No puede ser el

fruto irreflexivo de un impulso de un momento. Por eso, el tiempo en el que se

plantea la vocación debe ser tiempo de oración intensa, no de dilación cómoda;

tiempo de búsqueda y no de olvido; tiempo para responder, no para demorar la

respuesta con un mañana engañoso.

Es verdad que siempre cabe “darle otra vuelta más” a nuestras dudas. Una

dilación que puede nacer de la recta prudencia, pero también de las excusas

eternas, o de lo que San Agustín llamaba “sus viejas amigas”. Pedimos tiempo y

calma, ¿para decidir o para olvidar? Así lo relataba San Agustín: «Me encontraba

en la situación de uno que está en la cama por la mañana. Le dicen: ”¡Fuera!,

levántate, Agustín”. Yo decía, al contrario: “Sí, más tarde, un poco más

todavía”. Al fin, el Señor me dio un buen empujón y salí.»

Agustín fue un apasionado buscador de la verdad. Al final descubrió que solo

en Dios se pueden saciar los deseos profundos del corazón humano. Su

historia es una espléndida referencia para todos aquellos que, sedientos de

felicidad, la buscan recorriendo caminos equivocados y se pierden en

callejones sin salida.

———————-

Extr de

 

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