Ideas sobre Dios a partir de Karl Barth

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Ideas sobre Dios a partir de Karl Barth

José Peña Mendoza

Karl Barth

Un acercamiento a su comentario a los romanos 

Barth posee una visión de Dios que bien merece una atención especial al iniciar nuestro acercamiento a su comentario a los Romanos. De hecho no podríamos comprender con exactitud la manera en que Barth plantea el tema de la gracia, como la forma en que Dios se acerca al hombre, si no tuviéramos claridad respecto a lo que Dios es en su naturaleza y esencia; aquello que lo hace absolutamente diferente a sus criaturas, volviendo a estas últimas en lo totalmente opuesto a lo totalmente otro; el Deus absconditus de Lutero; el totalmente distinto. En su trascendencia somos sobrepasados radicalmente. Y, para Barth, precisamente ahí se concentra el misterio, la paradoja que explica el alcance de la salvación.

“¡Dios! no sabemos lo que decimos con ese nombre…” [1] Más que ineptitud premeditada del hombre, se trata de una imposibilidad. Pero no solamente una producida por nuestro pecado, sino porque en tanto Dios es lo totalmente otro, de suyo se nos vuelve incomprensible. Estamos, entonces, incapacitados, ya, desde afuera, es decir, desde Dios mismo. Nuestra situación terrena descubre lo que son las limitaciones espirituales propias del ser humano, como limitadas son también nuestras aptitudes para aprehender aquello que sobrepasa nuestras capacidades intelectivas. ¡Cuánto más estas últimas!, que muchas veces, soberbiamente incluso, se atreven a suponer que pueden conocer a Dios.

“Nos aproximamos a él con petulancia y lo arrastramos de modo irreflexivo a nuestra cercanía. Nos permitimos establecer con él una relación habitual. Nos atrevemos a presumir de ser sus confidentes, protectores, administradores y negociadores… No contenta con todo eso, nuestra arrogancia exige, además, conocimiento de un ultramundo y acceso a él.”[2]

Nada es de extrañar que Barth arremeta contra el liberalismo teológico del cual también ha salido. Quiere denunciar tanto a los que en su pietista ignorancia, como a los que en su cátedra racional, intentan configurar a un Dios que acaba siendo un no-dios, por el solo hecho de concluir con la construcción de una imagen divina que no es más que el reflejo de ellos mismos. Y ese es, precisamente, el pecado de insumisión en que han caído los hombres. Finalmente, más que acercarse, se han distanciado vertiginosamente de Dios. Quizá por ello Barth se resistiera a todo intento por justificar la presencia de Dios por medio de las categorías de la razón, la psicología de la experiencia religiosa, la fenomenología, y también de la teología natural, por considerarlas insuficientes para constatar realmente a Dios. Y si éstas algo de bueno tienen, no alcanza para vislumbrar ni la sombra de lo que Dios es en verdad. En realidad, por mucho que se esfuercen, no es más que eso: el fruto del esfuerzo humano – sin Dios – que en su desesperación existencial se esmera por conocerle, pero sin resultados favorables.[3] No hay conciencia religiosa humana que pueda desvelar el misterio de Dios. Ni siquiera la experiencia de la historia, con toda su facticidad, conseguiría mostrar algo de Dios, salvo sus providenciales intervenciones, con las cuales se nos evita caer en la desesperación existencial. Pero ello no significa que le hayamos conocido en verdad, de suerte que por medio de una teología natural la venda de los ojos haya desaparecido, para por fin ver cara a cara al enteramente otro. De ningún modo ello es posible. Pero ocurre que el hombre cree conocer a Dios. Es más, y lo que es más absurdo, cree poseerlo. En definitiva, “Dios es aquel al que nosotros no conocemos…”, pero, irónicamente, “…nos comportamos como si él fuera uno de nosotros.” [4] Es muy incoherente el ser finito cuando se jacta irreverentemente de conocer a Dios; y en el fondo no quiere darse cuenta que eso es imposible. Es más, si Dios llega a dejar de sernos desconocido “¿Dónde queda la gloria que le debemos?”[5]

Para Barth, Dios es misterio; aquel que está por encima de nosotros, sobrepasando todas nuestras posibilidades. Por lo mismo es también el Dios desconocido, en tanto que por más intentos que hagamos por descubrirlo, lo único conseguido será la edificación de un no dios. Como consecuencia de nuestra preferencia hacia el no dios, es que estamos bajo la ira de Dios. Y de ahí en más, eso es precisamente lo más concreto que tenemos de Dios: la ira bajo la cual estamos. Es la ira de Dios lo que conocemos. Su malestar hacia el pecado.[6] Y he ahí el misterio de Dios; que justamente en su ira actúa la prerrogativa divina de hacerse conocido. ¿Cómo es esto?, es un asunto que dejaremos pendiente para otro momento de nuestro trabajo, más adelante.[7] De momento baste con decir, junto con Barth, que, paradojalmente, esa ira nos lleva a conocer la bondad de Dios que busca conducirnos a la salvación.[8] Tenemos, pues, que Dios es bondadoso en su trato con los seres humanos. Él no quiere el mal para el hombre, premeditadamente, sino más bien que, en su bondad, que también es misterio, ese mal se vuelve la ocasión para demostrar su intención salvífica. Dios es bueno; y nadie podría alegar lo contrario si realmente le conocieran.[9]

Nos queda una idea de Dios que se juega su comprensión por medio de la paradoja. Claramente, estas aparentes contradicciones en Dios, vienen a resaltar su plan salvador hasta su consumación misma. Lo que de Dios nos parece contradictorio, no es más que parte del plan divino para hacernos parte del verdadero Israel; de la verdadera iglesia[10], de modo que no hay tales contradicciones sino paradoja por medio de la cual dos puntos opuestos (aunque no correspondientes ni equiparados) llegan a converger, para dar con un punto común, sin que por ello se tenga que disolver la distancia entre uno y otro punto. En ese sentido Dios, para Barth, es paradoja. Y lo es también la manera como se relaciona con nosotros para salvarnos. Ahora bien, tal apreciación barthiana encuentra su raíz en la concepción que tiene san Pablo de la manifestación de la gracia, justamente cuando se hace más crítica la presencia del pecado, sin que ello signifique que Dios haga pecar intencionalmente, para recién ahí salvarnos (Ro 5, 20-21; cf Ro 6,1ss). Definitivamente es Dios en la paradoja, y por lo mismo es el justo cuando parece habernos dejado, para que nos demos cuenta de cuan carentes estamos de su salvación.

Es el Dios inalcanzable por nuestros propios méritos; aunque irradiemos miles de virtudes, éstas no le moverían excepto su solo amor por nosotros. No estamos a su lado para equipararnos a él; jamás podríamos porque nos es enteramente desconocido.[11]

“Porque se conoce a Dios como el Dios desconocido. Él en cuanto tal no es una cosa en sí, no es uno de tantos entes metafísicos; no es segundo, otro, extraño, junto a aquello que existiría sin él. Por el contrario, es el origen eterno, puro, de todo cuanto existe; como el no-ser de todas las cosas, él es el sentido verdadero de ellas.”[12]

Es así que, como Barth repite en muchas ocasiones: “El hombre sigue siendo hombre y Dios no deja de ser Dios.”[13] La contraposición entre Dios y el hombre, continuará siendo infinita.[14] Dios seguirá siendo el totalmente otro, el ganz andere.


Notas

[1] Karl Barth. Carta a los Romanos. BAC, Madrid: 1998. p.90; cf. o.c. p. 97

[2] O.c. 92s

[3] Cf. K. Barth. Esbozo de Dogmática. Sal Terrae, Santander: 2000. pp. 44-51

[4] Barth. Carta a los Romanos p.95

[5] O.c. p.96

[6] O.c. p. 103. Además Barth advierte que el tema de la ira de Dios es tan gravitante en Romanos, que su fuerza ya se siente, y es evidente, a contar del 1,18ss. Es el caso que, desde el principio, lo que se ha manifestado desde el cielo es la ira o cólera divina contra todos los hombres que detienen con injusticia la verdad.

[7] Por ser parte de la solución en el argumento de Barth respecto a de qué manera la ira de Dios contribuye a solucionar nuestra ignorancia de él, es que creo conveniente no anticiparme a una respuesta definitiva.

[8] O.c. p. 107 cf. Ro 5,20s

[9] Ibíd.

[10] Cf. o.c. cap. 11 respecto al tema de la elección divina del verdadero pueblo santo; la iglesia

[11] O.c. p. 108s

[12] O.c. p. 126

[13] O.c. p. 204ss

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